lunes, 16 de mayo de 2011

Aquellos artilugios y cachivaches de antes

Aquellos artilugios y cachivaches de antes...


Si en el articulico anterior venía a contarles sobre los cacharros de antes, allá en la cubierta, vaya como continuación de la faenica el charrarles de aquellos otros desperdigaos por la casa y que la abuela atesoraba. No son estos de la fotico que es amprá pero sí podrán hacerse a la idea del desván que les abro, Toda una colección de trastos ahora olvidaicos y arrinconaos, sencillo museo del ayer, que compartir con ustes quisiera.
Antes que na, les pediría el respeto que merecen. Toquisqui, reconozcamos, vamos, durante toda nuestra existencia, acumulando objetos que vamos sustituyendo por otros nuevos y que vamos guardando por si acaso, por ser un recuerdo, porque nos gustan o simplemente porque sí ¿No, galanes? Por otro lao, vienen a ser una retaila de cosicas, utensilios y herramientas de otra época que quedando engullías en el traqueteo de la vida habría que haberlas despachao ¿Pa qué seguir mareándolas?Al punto que frenas el impulso pues te sabe mal y te lo piensas y repiensas, Y en éstas, que entre el tira y afloja , al polvo de los añicos abandonamos convirtiéndose en piezas únicas con su valor histórico a exponer en nuestro particular museo etnográfico. Por cierto, ¿para cuando uno de estos en Chelva? Obvia decirles, que algún nombre habrá que se te escape lector entre esas palabricas de la tierra apegás al terreno y de otros tiempos. También ellas forman parte de esta caterva y van entre las primeras de la cuella: la de los amiguicos de las cosas de ayer aireando nuestra memoria.
Acabaico el preámbulo, les convido a dar una vueltica subiendo y bajando aquellas escaleras en los trajines de mi infancia, enseñándoles la pilica de objetos que aparecen en este particular recuento e inventario de aquellos artículos con sabor de antaño que unos dicen artilugios, otros, cachivaches pero ¡vaya si hicieron apaño y dieron vida a lo de antes!

Mientras busco la llave, aquélla de palmo y kilico entero, esperando que la tranca no esté echá, par abrirles la puerta, una rampá me lleva a rememorar tiempos pasaos cuando a más de uno vi aparecer. Como al Damiá trayendo aquella arradio de bujías y lámparas, hoy adorno floral de viejas épocas. Verme salir a escape a las voces de tratante o viajante de turno sea con cacerolas y pucheros, cambiábamos por aceite o las ultimas novedades recién traias de allá abajo, como la tabla de hacer papas o el muelle pal ajoaceite. Entre ires y venires de porcelaneros y quinquilleros, cuando no del tío Antonera o tener que recogerlos en correos u ordinario. Allá adentro esperan, más de uno con algún trenque; la mayoría achacosos, pero seguro que bien estiraicos que cierto es que lo suyo era el trueque , heredarlos o remendarlos, los pobres . Pero eso sí, na de fiarlos que eso de deberlos, ¡ a qué santo !

Traspaso el umbral y las dos hojas de la puerta pintan el paso del macho cargao una vez apartaica la cortinica de hierricos , la otra de tubicos pasó a la gloria Y te das con el lavadero de pilica y el propio pa lavarse, coger agua, refrescarse o darle al frijo, mejor con estropajo de cuerda y arena blanca . Claro que na más llegar, habrás dejado tapabocas y chaquetas en el colgador de tres patas rizadas palante e irás a coger sitio delante del logar en aquellas sillas de enea o bencejo. Ya sentaico, apartas el fuelle y tomas el albentador y el capazo de esparto como encendiendo aquel sacro fuego buscando la palica, tenazas y trébedes con los que arrimar los pucheros o plegar el mascorín o los tizones. Y oyes el fuera de catálogo reloj de la pared, sin cuco que eso era de ricos. Se hace la hora de comer y quieres ayudar a poner la mesa buscando el hule en el mueble yeyé de la tele teniendo cuidao de no tirar los mil recordatorios de otras tantas comuniones, bodas y bautizos que están en tengerengue. Y vuelves a topar con la cajica de membrillo reconvertida pa guardar hilos y ganchillos, las velicas y estampicas y el ataico de papelicos de bancos y facturas. Entonces, te fijas en los retraticos desperdigaos por los poyetes reconociendo rostros familiares congelados en escenas entrañables. Y suspiras…

Tras una segunda puerta, la cocinica con auténticos tesoros arqueológicos de anticuario. Al fondo del cuartico alacena, la mesica con su cajoncico central que era del abuelo y trajimos de la Mortera: dentro, pañicos de cocina y encima frutero de tres pisos. Aquí y allá entre las reprisas, vasos y cacharricos testigos de millones de ágapes familiares. Destaca la cacerola horno con su agujero en el centro que espera volver a cocinarnos otro memorable arroz al horno o tortá ni que fuese con aquella cocinica de botella azul que aunque robellá aún aguanta el tipo. Rebusco entre cucharas de palo el cañete pal vino, el abridor de botellas Stark Turia, la navajica, los cubiertos de la mili y hasta aquellos cuchillos mil veces afilaos. Descubro botellas de casera y sifón, tantas veces reutilizás y enjuagás; la fiambrera de dos pisos de latón; aquel colador de tela pa la malta; el pasador del arroz o lentejas y el molinillo aquel que girando girando pasaba el café. Sigue colgaica, la cestica de tapas pa las pasticas y el saco del pan ; o aquellos otros de merienda a cuadricos rojos. La lecherica con la que iba a repartir por las casas el ordeño diario, la bota del vino y la botija que aún está allí tan fresca. Llandas pa masar, la despensa mosquitera, orzicas pal sofrito u olivicas aliñás…

Corto pa darle al cerrojo, a dos manos, con el que abrir la siguiente puerta que da paso a la antigua cuadra, reconvertida en planta baja y almacén pa sin fin de cosas. Y claro, allí siguen muchos de los utensilios con los que padre y su macho trabajaron huertas y secano con el que traer el jornalico diario: El banco de las olivas, mantas, talegas y capazos; garrotes y cribas, corbellas, zoqueta y solfatadora. Aún destaca el antiguo pesebre con su atador de cuerno de cabra, colleras, varas de acarrear y aparejos. Apoyado a él, el trillo de Ahíllas y fajos de cordiles pa la siega junto al tarugo, maza y garbica de esparto aún esperando que alguien lo fasque . Vigilantes la soga de trillar, las varas de labrar y la romana que toa la contorná venía a amprar. La sarrieta con las cuatro herramientas de toa la vida que sigue junto al ato de talegas mil veces remendás. Y en éstas que al apartar el pozal y lebrillo metálicos , armo tal estruendo que rompe silencios y despiertan en mis oídos voces de aquellos tiempos. Me vuelvo a alelar ensoñando antiguas andanzas donde los chapoteos de un crío se convierten en un chiquillo buscando caracoles, dar vueltas en la hera, enconderse en la paja y enredarse con tanta cuerda. Aparecía mi padre enseñándome su real uso, a como sudar con ellas y así llegar a quererlas. Y me acongojo…

To sentio que doy un brinco y me enfilo escaleras arriba, viniéndome a dar con el sillón de mimbre y la mecedora que tapan el braserito pa debajo la mesa y la estufa infrarrojos La cantarera, la maquina de coser y la vieja tele Philips , parecen trasladarnos a los 70. La alacena llena de tazas, vasos y adornicos y en los cajones mantelerías, caminicos de mesa y peucos, parecen llevarnos al mercadillo del rastro. Entro al dormitorio donde siguen aquellos muebles antológicos, la palancanera, el interruptor de pera y despertador clásico . En el aparador descubro la bolsa de agua caliente, manteles y ropa de cama primorosamente bordados, los colgantes y joyas. El sempiterno orinal, la lámpara de cristales, las palmatorias y jaculatorias, cuadros y fotos de novios…

Y en las habitaciones aún vestigios de mis recuerdos: juegos Geyper, galdufa Mecano y guitarrica; el juego Rotring y escuadras, la máquina de escribir Oliveti, plumillas y tinta. Legajos con dibujos y libretas de otro siglo, libricos de bolsillo y novelas de ciencia ficcion y Marcial Lafuente Estefanía. Botas de mili, colecciones de chapas y cromos Viejos posters del che, primeras elecciones y grupos ye ye . El viejo radiocassette Sanyo compraico en Andorra con un puñao de casetes con títulos como: Perdon cariño mío, los días del arco iris, los chicos con las chicas… Y tarareo

El tañir de las campanas, cortan el momento y grito un ya voy, madre en un despertar de un sueño. Bajo las escaleras de un brinco, pero no la veo así que me digo que se habrá ido a misa mayor. No puede ser pues allí está su velo y silleta lo que me hace volver a pisar tierra. Es cuando me doy cuenta de lo mucho que echo de menos aquellas manos que les daban vida y con todas aquellas cosas aguardo su vuelta

Y doy por terminao este reencuento con aquellos cacharricos, compañeros de viaje de la vida, insistiéndoles en abrirnos a ellos pues que a la chita callando, oyendo sus historias que son las de todos , sólo piden que nos paremos a escucharles pues no quieren que la nave del olvido los engulla antes de reinvindicar la memoria de los que se fueron. Seguro que la lista es incompleta pero sirva el sólo nombrarlos para que cada cual se monte la propia. Lo mío fue provocar el viaje que como dice el filósofo Gottfried Wilhelm : "La experiencia del mundo no consiste en el número de cosas que se han visto, sino en el número de cosas sobre las que se ha reflexionado con fruto”.

Francisco Torralba Lopez

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