domingo, 5 de junio de 2011

Pedaleamos....

Carta de un amigo....



Muy buenas Carlos. ¿Cómo estás?

Te he visto un poco mustio en el blog. Espero que no tengas problemas
de salud. Te comenté que llevo un tiempo bastante liado y estoy en
otras batallas. Si son otro tipo de problemas, seguro que encontrarás
una salida. Cuándo estés por aquí dame un toque y nos tomamos un vino.

Hace un par de semanas se realizó en Madrid las primeras jornadas de
ciclismo adaptado http://www.fmciclismo.com/fmc3/index.php?option=com_content&task=view&id=1583&Itemid=1



Estuvo presente nuestro campeón César y un montón de técnicos,
especialistas, deportistas, instituciones y como no, políticos. Una de
las fundaciones que se dedica a promover la integración de los
discapacitados a través del deporte, me pidió que les escribiera unas
líneas sobre las sensaciones que tengo cuándo monto en bicicleta para
exponerlas en una mesa redonda. Te las mando para que veas que siempre
hay una revuelta que no vemos, un camino que solo intuimos, una puerta
a la esperanza y a la generosa y dichosa infancia. Casi siempre es
mucho más fácil de lo que creemos. Sólo es cuestión de amar. Lo que
sea, pero con pasión. La ilusión es siempre, al fin al cabo, solo el
aceite que engrasa la máquina de nuestro propio tiempo.
Un abrazo



¿PEDALEAMOS?

Hola. Soy Felipe. Tengo 51 años y vivo en Cadalso de los Vidrios, un bello pueblo serrano que abre sus ventanas al limpio viento de la Sierra de Gredos y a los bucólicos paisajes de los valles del Tórtola y del Tietar. A los 18 meses me vi afectado por el virus de la polio, enfermedad que, a día de hoy, podemos festejar casi erradicada.
Las secuelas que me dejo a su paso han condicionado el resto de mi vida. Primero y más evidente, en mi estado físico. Siempre he andado con dos muletas y ahora, cada vez más, necesito el apoyo de una silla de ruedas. Y en segundo lugar, y de forma más determinante, en mi manera de ser y en la de comprometerme con buscar aquello que me enriqueciera (yo me creía más “pobre” que los demás) como persona. Claro, que cuándo eres niño, la única riqueza que atesoras es el amor de tu familia y todos los momentos inolvidables que pasas con tus amigos.
El amor lo tuve a raudales, con generosidad, alevosía y premeditación. Siempre una palabra, un gesto, una acción que me recordaba mi parca igualdad, mi capacidad para ser querido y querer . Los buenos momentos con los amigos (en mi época los chicos jugaban con los chicos y las chicas con las chicas) eran el segundo ingrediente de una tarta que resultaba indispensable para cualquier niño.
Ahí , había muchas veces en que la nata se agriaba, o el bizcocho, como mi espíritu, no subía. Eran, más que tartas, solemnes tartazos de realidad y de cruel resignación. Cuándo mi inocencia se fue disipando en los vapores de la niñez y la consciencia de mi especial situación se fue adueñando de mis inmaduros sentimientos, la situación adquirió unos tonos muy grisáceos. Si jugaba al futbol hacía lo que podía como portero. En el escondite, procuraba estar lo más lejos posible del que la ligaba en el momento que iniciaba con solemnidad su salmo aritmético. En el burro, sujetaba. En el “que te COJO” -dolorosa coincidencia lingüista que servía para herir y dar vida- siempre participaba de una u otra forma. En la peonza, las canicas, el “cometierra”, las cartas, los juegos de tablero y otros más estáticos, era un campeón. Casi era igual a los demás y, en algunos casos, menos “cojo” que los demás.

Pero había momentos vacíos de esperanza, destructores y macabros. Quizás por eso se fueron convirtiendo en cuentas pendientes, en anhelos escondidos que teñían involuntariamente mi espíritu de un color opaco y deprimente. Este sentimiento me invadía cuándo nos íbamos al río a nadar; o cuándo íbamos detrás de las chicas en la alocada carrera que emprendían sumidas en un falso pudor, y que irremediablemente, provocaba su desaparición de mi vista, junto con mis amigos, al cabo de cinco minutos; o cuándo íbamos a una fiesta a bailar; o cuándo se iban a recorrer el pueblo y el campo, montados en sus metálicas cabalgaduras, para salvar una tarde de diversión. La bicicleta era para mí un monstruo malvado que me separaba de mis amigos, que me impedía vivir. Pero también era, en mi inocencia, un vehículo interestelar que me llevaría mucho, muchísimo más allá que mi maltrecho cuerpo. La odiaba y la admiraba. La maldecía y la necesitaba.
A los doce años me dieron mi primer paseo en una bicicleta. Tortazo aparte, me enamoré ese día de ese diabólico cachivache. La sensación de libertad, de velocidad, de independencia me cautivo. Como amor platónico lo seguí cultivando. Las carreras de chapas eran mi tour de Francia particular. Las sillas de ruedas que podía usurpar a algún amigo/a eran veloces velocípedos capaces de llevarme a cualquier sitio. Me convertí en un gran aficionado al deporte televisivo del ciclismo y a la práctica del deporte que estaba al alcance de mis limitaciones.
Hace siete años mi condición física se deterioró mucho.


El deporte siempre ha sido para mí un gran aliado y, en mi impotencia, decidí buscar una salida. Contacté con la Fundación También y me hablaron de una fiesta al aire libre en la que habría de todo, incluido bicicletas adaptadas. No me lo podía creer. Más por curiosidad que por motivación, acudí a la cita y lo que encontré estaba más cerca de los sueños que de la tierra.
Ese día no se me olvidará nunca. Fue la primera vez que monté y conduje una bicicleta. Y además empecé con tres ruedas, no con cuatro como cuando eres niño. Ese día hice el amor con el sueño platónico de toda mi vida. Me volvió a descubrir la puerta de la esperanza, tapada largo tiempo por la maraña de vegetación que provoca el día a día y la edad.
Hoy mi compañera y esposa (también discapacitada) y yo nos vamos a recorrer caminos perdidos y antiguas vías de ferrocarril, vías pecuarias y preciosas ciudades, rincones y arboledas que hasta hace poco, eran solo ilusiones y anhelos. Hoy con nuestras bicicletas vamos contigo, disfrutamos contigo y llegamos contigo. Hoy soy capaz de sentirme menos “cojo” cuándo me río contigo, cuándo me hablas de las sensaciones que tienes dando una vuelta en bicicleta, de los regalos de la naturaleza si no la perturbas demasiado, de ver a otros niños poner la misma cara que yo, siendo casi un abuelo, cuándo rodamos por esta maravillosa tierra. De permitirme volver a ser niño y recobrar parte de lo que me perdí.


Hoy, que leñe, me voy a dar una vuelta en bici. ¿Os venís?.


A vuestra salud.

Saludos
Felipe Cartas Rodríguez


---------


por esto y por mucho mas...
es también Piñota de Oro en Cadalso...





gracias Felipe....

2 comentarios:

  1. Y es que la gente no aprecia la mayoría de las cosas porque las vé de un modo natural, algo cotidiano. Pero el gran triunfo que yo experimente al subir la cuesta de tortolas en bici con un solo pie..... JA eso no me lo quita nadie y el recuerdo me acompañará siempre. Un abrazo a ambos

    ResponderEliminar
  2. En todas las carreras se descansa. Y se aprovecha ese descanso para pensar nuevos retos, que por insuperables que parezcan, pueden conseguirse. Buena prueba de ello la hay en esta entrada y en su comentario.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar