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miércoles, 10 de enero de 2018

el macho , se decía en Cadalso...


Merece la pena que dediquemos algunas líneas a recordar a estos magníficos animales que desde hace algunos años han desaparecido tristemente de la estampa de nuestro querido pueblo. 
 
Valga como pequeño homenaje a
nuestras queridas caballerías....
El mulo y la mula...
 Bestia, este es el nombre con el que se denominaba a estos animales que se utilizaban para el campo. Este animal es mezcla de burro y yegua o caballo y burra, utilizados en las labores del campo, como animal de carga y transporte, cuando no había coches.


uno de nuestros últimos Mohicanos..." Salu "

 y otro el Patriarca " Rufino "...

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Aquellas caballerías de Antaño....

En mi particular viaje al pasado, descubro, entre las fotos descoloridas y agrietadas de mis recuerdos, a un protagonista de aquellos tiempos en el pueblo, fuera burro o burra, yegua o caballo, mula o mulo : la caballería. Indispensable para el labrador de entonces. Su número y raza marcaban la riqueza de la casa pero lo corriente era tener uno de aquellos “machos”, un mulo romo mezcla de yegua y burro, con los que crecí y del que irá el presente relato.
Parece como si fuera ayer, cuando las veía desfilar ante nuestra puerta en interminable hileras cargados de mil cachivaches y cosechas. A su grupa, caras de las que aún oigo los saludos y me traían nuevas. Aún las diviso, entre los largos caminos y empinadas cuestas de aquella serranía y a donde de críos nos mandaban a recoger sus excrementos con los que engrosar el adobe para las plantas..
Era, primero de todo, el vehículo que se movía muy bien en todos los terrenos, fueran piedras, monte, sendas y baches y al que porfiábamos por montarnos la chiquillería arrimándolo a una horma o poyete para poder subirnos. Si iba cargado y no podíamos nos cogíamos del rabo para que tirar de nosotros en la cuesta arriba.
Mi primer viaje largo, fuera del pueblo, unos raticos a pie y otras montado en él, lo hice. Como anécdota de su importante papel en aquellos días les cuento que a mi padre se le dio un mulo y un cerezo a punto que tuvo que cosechar e ir a kilómetros a venderlas para sacar algo con lo que irse de viaje de novios.
En su andar lento y repiqueteo del hierro con el empedrado escuché mil historias de guerra, mili y aventuras de mis mayores. Sus vaivenes fueron la cuna para preguntarles por otros mundos y dar rienda suelta a ensoñaciones futuras.
Entre todos era al primero que se le daba de comer ;el aparejarlo resultaba todo un ritual que anunciaba la inminente salida. A la llegada al campo quedaba atado durante horas, paciente como ninguno aunque lo oyéramos relinchar barruntando cualquier cosa o haciendo hoyos. Sufridor como nadie por las muchas moscas y tábanos que le acudían.
Ni frío, ni calor ni aire. A veces, hay que decirlo, se escapaba corriendo y dando soplidos sin importarle siquiera el echarte a tierra y esparcir carga y aparejos por doquier. Había que ir detrás y maldecirle. Sólo cuando se cansaba dejaba de ser rebelde y volvía al redil entre sofocos y estropicios varios. Tras la jornada nos llevaría de vuelta a casa; viaje que se aprovechaba para acarrear algo: un poco de leña, hierba para los conejos…
Pero sobre todo, era el animal de carga y ayudante indispensable y fiel en las innumerables faenas: labrar (tanto, que hasta la medida agraria tradicional eran los días de ídem); transportar mil y una cosa o trillar ( donde ni las vueltas le mareaban como sabiendo lo importante que era y eso, que para él sólo guardábamos la paja); maestro en el arrastre ( forzudos como ninguno y tan afamados como aquellos madereros de antaño); tantas y tantas arduas tareas.
 El saber llevarlo, labrar con él y cargarlo, era todo un arte entre nudos y mejor aguante. Ante el mucho trabajo se acudía al “apareo” que implicaba el juntarlo a otros pues sus dueños habían acordado el juntar brazos y bestias para ayudarse mutuamente ante faenas que corrían prisa.
Hasta la casa se adaptaba a él: Puerta principal de 2 hojas para poder entrar y salir cargado, cuadra con su pesebre y muchas veces escarbada en la roca de aquellas edificaciones moras; con su pajar encima, donde guardar su comida. Por él y para él también nos tocaba trabajar de lo lindo: cosechábamos una alfalfa que había que segar, secar, y almacenarla para que el señorcito tuviera algo que llevarse a la boca. Aún le veo mascándola y dando lengüetazos, de vez en cuando, a la piedra de sal que nunca , tampoco, le faltaba.
Y es que hasta las cosechas tenían su categoría y clase. Lo mejor era para la venta y sólo el “destrío” (lo que no querían, de segunda o estropeado) quedaba en la casa . Cebada y maíz del terreno para él, que el trigo y maíz americano era para sacar pesetas. Había que “sacar el estiércol” (cambiarle la cama); asearlo o lavarlo en el río ( increíble resultaba ver cómo nadaba ; llevarlo al abrevadero (se relamía si la fuente era “salobre”); o a que lo herraran. Inolvidable aquella olor a casco quemado y el oír el martilleo en el yunque arreglando las herraduras una y otra vez.
Encontrar una, indica tener suerte, que viene a explicarse cuando en aquella época bien se cuidaba el amo de no perder tal tesoro y raro tenía que ser el dar con una abandonada.
Otros animales compartían espacios y vida; manso él, se dejaba, pero en ocasiones con un par de coces o el intentar morder, venía a reclamar que era el rey de los animales en la casa. Varias caras, tipos y nombres acuden a mi recuerdo, entre voces de mando y onomatopeyas varias: “arre, so, quieto…” Grandes en las fiestas donde el ir montados en su lomo, a lo clásico o a la grupa, era todo un rito y el cortejar a la dama. Iba engalanado y con sus mejores arneses y hasta tenían la suya propia: la fiesta de San Antón .con sus carreras e intentar ganar la “Toya” Por encima de cucañas, circos y feriantes sus éxitos o fracasos corrían de boca en boca. Laureles para sus amos que hinchaban el porte y él que se relamía con su ración doble. La mejor calle del pueblo aún se conoce por la Carrera; es la sabiduría popular que gana una y otra vez a las placas de turno oficiales y no digamos las escaleras que aún existen en sus cuestas hechas, inventadas a fin de que no se resbalasen.
Si enfermaba era todo un drama. Había que recurrir a potingues y cremas o llamar al curandero. Ojo con las patas, verdadero talón de Aquiles, o terminaría malvendido para carne por cuatro reales. Si moría, era todo un drama con desfile de pésames como si de un entierro se tratara, hasta el Muladar, lugar maldito en los sueños de mi infancia.

¿Y qué decirles de sus aparejos y trastos que hoy están en algún rincón olvidado o que algún amante de lo rural expone? Son un gran número de vocablos locales ya en desuso: “serón, albarda, baras, cabezá, cincha, orejeras, alportaderas, samugas, baras…” No cabe tampoco olvidar a los ilustres artesanos y personajes : Guarnicionero, albardero, seronero, herrero, arriero, tratante..

Los tractores fueron, en silencio, librándoles de las grandes tareas, al tiempo que lo postergaban. Aparecieron los primeros motocultores que ruidosos y quejosos como una mula, a más de uno también desmontaban.
El sabio pueblo, con justo merecimiento, vino a nombrarles “mulas mecánicas”. El campo se mecanizaba.
 
Se habían hecho viejos hombres y caballerías pero aún iban y venían en espera de que les jubilaran. Uno de aquellos trastos mecánicos acabó, por accidente, con nuestro macho ¡Seguro que en la gloria, aún hará los caminos junto a mi difunto padre! 

Vaya por ellos, en justo homenaje, estas palabras...

Francisco Torralba Lopez




de Cosas de antaño... 

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P.D.
 En nuestro vecino Cenicientos quedan muchas caballerías que a día de hoy trabajan como antaño en las labores del campo quiza por la dificultad del terreno o por mantener tradiciones...
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martes, 11 de octubre de 2016

los borriquillos por Madrid...




nuestros borriquillos ahora descansan plácidamente en fincas en el campo para disfrutar de su merecida jubilación.., son pocos los que trabajan ahora como hasta hace unos veinte o treinta años al menos en Cadalso y no digamos por Madrid los borriquillos extremeños , toledanos y manchegos que a modo de tiendas ambulantes nos proporcinaban los botijos , barreños, miel, etc...,

Los aguadores  de Madrid ...

Sabías  que los borriquillos no solo cumplieron su misión en Cadalso y los demás pueblos de la Comunidad de Madrid , si no que además prestaron su gran servicio en la Capital hasta bien entrados los años setenta...

Quien no ha visto u oído al botijero y a los aguadores dando sus voces por los barrios de Madrid hasta hace unos años ofreciendo sus mercancías en su tienda ambulante como lo eran sus fieles borriquillos...


Los aguadores en algunos lugares de Madrid, aunque cueste creerlo, estuvieron cumpliendo su función hasta finales de los años setenta. Su labor se desarrollaba en aquellos lugares que carecían del líquido elemento vendiéndola a los vecinos que por diversas circunstancias no podían acudir a la fuente pública mas próxima...

Hagamos antes una breve semblanza de cómo era este servicio según se estableció en las ordenanzas municipales de 1.892 que nada tiene que ver con la última época.

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Las fuentes públicas de Madrid las clasificaba en:
 
a) Fuentes vecinales. Son las que están destinadas al servicio preferente de los vecinos.


b) Fuentes de vecindad y aguadores. Son en las que al menos habrá un caño destinado al servicio de la vecindad y los demás al de los aguadores, pudiendo éstos hacer uso del caño o caños destinados al vecindario tan sólo en el caso de que no los utilizare ningún vecino.


c) Fuentes de aguadores. Son las destinadas al servicio de los aguadores.
d) Fuentes volantes. Son las fuentes que solo se colocarán en caso extremo oyendo el parecer del Jefe facultativo de Fontanería,  y   se utilizarán bien por los aguadores, bien por los vecinos, según el servicio por el que provisionalmente han sido instaladas.


Trasladándonos  de  nuevo  al  momento  final  de esta actividad hay que comprender el entorno urbano en el que esta función se llevaba a cabo.

El barrio de Vallecas fue profundamente remodelado a partir de los años ochenta creando un nuevo entorno urbanístico que hizo desaparecer todo resto de chabolismo, sin embargo en los años sesenta y setenta había todavía numerosas infraviviendas en Palomeras, Entrevías y Pozo del Tío Raimundo, e incluso cuevas en el cerro del Tío Pío, hoy llamado barrio de Pío Felipe...



La población que habitaba en estos lugares tan precarios estaba formada  por emigrantes andaluces y castellano-manchegos aunque había también de otros lugares de España. Las casas por llamarlas de alguna manera pues el nombre correcto sería chabolas, eran construidas de la noche a la mañana textualmente y no como forma coloquial de hablar, ya que se tendía una manta o una larga sábana en la cuerda de tender la ropa que evitaba que desde fuera se viera como se levantaban los tabiques durante la noche teniendo que quedar concluida al día siguiente por la mañana.

Vallecas se convirtió en una colmena de cuchitriles carentes de agua y alcantarillado, algunos de los cuales se congregaban alrededor de una corrala con solo una puerta exterior a la calle. Algunas edificaciones, las menos, tenían pozo negro o salían las aguas fecales por la parte trasera en aquellas que tenían este espacio libre, pero en las mas corría el canalillo por el centro de la calle con el consiguiente hedor que desprendía en las épocas estivales, amen del riesgo que ello suponía para la salud pública por la ausencia de higiene.




El agua para el consumo se obtenía de diversas fuentes de un único grifo pertenecientes a la red del Canal de Isabel II que estaban muy estratégicamente distribuidas en estos barrios suburbiales, pero en número mas bien escaso, lo que daba lugar a filas bastante largas de señoras haciendo turno para llenar los recipientes con esperas interminables porque la presión en estos puntos de suministro era baja. Esto suponía un duro trabajo para las féminas al tener que recorrer un largo camino hasta llegar a casa acarreando cántaras y cubos llenos de agua. Algunas fuentes tenían a su alrededor terreno sin edificar y era utilizado para secar la ropa colgada en precarios tendederos por aquellas mujeres madrugadoras antes de que otras se les adelantaran, que hacían allí mismo la colada lavando en un barreño con jabón “lagarto” restregando las prendas sobre una tabla de madera.


Es aquí donde entraban en función los aguadores o aguadoras pues los había de ambos sexos. Unos iban provistos de una carretilla de madera con dos huecos donde colocaban las cántaras y una goma para conectarlas al grifo y llenar los recipientes sin tener que sacarlos de donde estaban alojados.
 Otros llevaban la ayuda de un borrico que tenía sobre el lomo un serón donde cabían cuatro cántaras, dos a cada lado. Pero la imagen mas curiosa es la de algunas mujeres que con rara habilidad llevaban un cántaro a la cabeza y otro en el costado, andando como si tal cosa, que nos traslada mentalmente a aquellas zonas desérticas de África. Común a todos los aguadores era el cazo medidor para echar el agua.




Los aguadores cumplían la función de servir el agua a quién no podía esperar las colas, bien fuera por cargas familiares, por motivos laborales, por ser personas mayores, por no poder coger pesos, o por infinidad de motivos, teniendo, por tanto, una clientela casi fija. Su llegada a la fuente era motivo de conflictos con las personas que allí esperaban pues tenían prioridad sobre la vecindad y como el fluido del agua en el único caño era lento y los recipientes a llenar eran varios y además grandes, la discusión estaba servida ... Su trabajo era especialmente complicado los días de lluvia o posteriores ya que al recorrer zonas carentes de urbanización el desplazamiento por esos andurriales llenos de barro resultaba muy difícil....

Como podréis ver , la vida en Madrid en aquellos años no parece que fuera muy fácil y bonita ...y como empecé diciendo tampoco  era buenos momentos para los borricos de la época:


                              LA BURRITA FEDERICA

                                    La burrita Federica
                                  pasta por una pradera,
                                cuajada por la aljonjera
                                 que su peso multiplica.

                                   Pero su comida rica
                                  como llovida del cielo,
                                es ponerla como anzuelo
                                 para mantenerla atenta
                                 y rebuznando contenta
                                el dulce de un caramelo.

                               Saturnino Caraballo Díaz
                                  El Poeta Corucho

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