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martes, 27 de enero de 2015

Un pueblo Real...

Lo encontró Tony Montón. Bonito escrito sobre Cadalso de R.Gómez de la Serna...
 
UN PUEBLO REAL
CADALSO DE LOS VIDRIOS 
 
LA concepción del vidrio es muy española. Quizá no llegamos al cristal, que es algo menos sincero y más artificioso y artificial que el vidrio; pero nuestro puro sentido del vidrio es algo castizo y original.

En una exposición francesa pasó una vez que a un fabricante de vidrio le dieron un premio mediocre, pero un premio como fabricante de cristal, y el fabricante estaba desesperado, porque eso era que habían creído que su vidrio era cristal, aunque cristal regular, sin haberse dado cuenta el Jurado de que era vidrio y que, por lo tanto, merecía el primer premio de los premios al vidrio: el premio que le hubiera hecho feliz.
En el vidrio, nuestra tierra llega a clasificaciones y matices estupendos, y se podría decir que nacen las cosas de vidrio como las espigas de la tierra, es decir, como un nuevo producto plástico de ella, como las calabazas más fantásticas, como la sal en las salinas. Sin refinamiento, como flor original de esta realidad española, con depuraciones místicas en su substancia, surge el vidrio de nuestra tierra.

Yo he ido en mis excursiones hasta Cadalso de los Vidrios, donde está la fábrica más antigua que hubo de España y donde hay un bello palacio que parece ser del marqués de los Vidrios y de su hija la marquesita de los ojos de cristal.
En ese pueblo toledano que se destaca sobre el paisaje de infierno de la serranía toledana, el paisaje, en que si no supiésemos algo de Geografía supondríamos el Sinaí, está esa primera fábrica modesta, disimulada, con su breve chimenea, con sus crisoles inverosímiles. Ahí se fabricaron los vidrios de toda España y, sobre todo, los «cristales de cuarterón», que cerraron al invierno todas las ventanas y balcones, a los que la espesa madera interior, en la que se abría por el día sólo un ventanal, convertía en ventanas. El invierno de la poca civilización, el invierno del mundo aún incomprendido, era más duro invierno que el nuestro, era un invierno crudo con crudeza de Edad Media.

De la tierra oscurecida yo la vi en invierno de aquel pueblo, al que oscurecían más sus olivares y sus casas un poco trogloditas, brotaba un fondo de contraste que hacía más ingrávido, transparente, delicado, metafórico el vidrio, que era la industria del pueblo, como por vocación divina, como por inspiración poética; porque si no, ¿cómo pudo ocurrir que en ese pueblo tan apartado y de tan difíciles caminos y en rinconada tan abrupta, surgiese la «gongórica» ilusión del vidrio, es decir, la idealidad de lo real, la transparencia simbólica y alquitarada con un fondo tosco y con opacidades de conceptuosidad terrena?

Pueblo maravilloso y como pueblo de poeta, ese pueblo sucio de calles abandonadas a la incuria y a la inclemencia del tiempo. Todo lo sombrío, todo lo abyecto que emporcaba sus calles, su separación del mundo por los barrancos más desesperados, daban más importancia a su fábrica exaltada y clarividente, a su palacio romántico y a las casitas, tan limpias en el fondo de su interior.

¡Qué gratas intimidades las de las casas de Cadalso de los Vidrios! En cada casa hay un vidrio antiguo, en el que resplandece algo así como la filtración y condensación del tiempo. Yo no sé qué tienen que ver esos vidrios con el tiempo; pero el tiempo se transparenta en ellos y se esconde en su cuévano como en su propio búcaro.

En la casa en que yo habité, y en la que por cierto no había cristales y si se quería ver la noche o la mañana había que abrir las maderas, había una bola de vidrio y un frutero antiguo, en que se reflejaba el día de Cadalso como en una unidad de tiempo que comprendía el pasado y el porvenir. La cosa, diáfana a la par que un poco turbia y extrañamente cerrada en si misma, que es una hora de todo tiempo, allí estaba en la jaula de aquella bola de vidrio, de tonos cambiantes y verdosos, como en su pecera ideal.

Cada casa estaba alegre con su objeto de vidrio, y todo el cuidado de las manos estaba en conservarlo. Vivían más del campo que de la fábrica, casi extinta y sentenciada al abandono por la competencia de otras fábricas más poderosas y más junto al ferrocarril; pero todos se miraban aún en los objetos de vidrio que les habían quedado.
La mística idealidad de toda Castilla, y casi me atrevería a decir de toda España, se me reveló en ese pueblecito, en el que resplandecían los vidrios y se alegraban los ojos hechos a la tierra adusta, sequeriza y opaca, viendo brillar la luz y lo que de tiempo y espacio se reúnen en la luz que entra en el vidrio de los objetos del pasado.

En casa de las cuatro hermanas, discretas, y que estaban suscritas a La Moda Elegante presencié un día la limpieza de los objetos de vidrio y vi cómo las cuatro hermanas ayudaban a que no se cayesen, y hasta había una que ponía su delantal debajo, como una red, por si se les escapaban a las otras.

—¡Figúrese usted—me dijeron—que don Damián, el director de la fábrica, dice que desde hace dos siglos no se fabrica nada de esto, ni se sabría fabricar con estos tonos tan raros!

Entre las visitas que hice, fue la principal la del anciano director de la fábrica, el que la había dirigido los últimos días de su auge, cuando aún salían carros cristaleros para Madrid. El viejo director no había querido marcharse de su Cadalso de los Vidrios, aunque tenía dinero para irse a vivir a Madrid.

Los momentos más felices de mi vida — me dijo — son cuando, paseando por la carretera, se me acerca algún caminante y me pregunta: «¿Qué pueblo es este?» y yo digo: «Cadalso de los Vidrios»; me congratula como nada...

Visité con el viejo director la fábrica y me llevó al rincón de judío que hay en toda fábrica, bodega o almacén. Allí me enseñó los objetos únicos de la colección, el vaso con color de mirada, la retorta con tono de fuego encendido, la botella de un color verde único.
—¡Qué verde!—dije, sin poderme contener.
—¡Ah, sí!... Ese verde es ya inencontrable... Aquí vino un restaurador de vidrieras de catedral, que no encontraba por ningún lado ese verde... Ni con esmeraldas disueltas se podría producir... ¡Para que después digan que la Naturaleza prodiga todos los verdes!
—¿Y cómo lo producen?
—Muy sencillo: es una solera de verde casi agotada, con restos de otras cosas verdes, hija de la primitiva cosecha; con restos de las primitivas botellas de cerveza que se hicieron aquí... Sólo en alguna vieja farmacia es posible que se encuentre alguna antigua bombona de este color. Pero vea este antiguo cáliz, para las iglesias en que no los había de oro... Este me dijo enseñándome una copa alta con lechosidades y
blancuras opalescentes sólo gracias a que mezclamos huesos humanos con la masa translúcida del vidrio y con la tierra matriz, se logra este producto, de una pureza y una experiencia máxima... Es un secreto de Cadalso de los Vidrios... Muchos han intentado producir este vidrio sin mezclar ese ingrediente y no lo han conseguido nunca.
Me quedé mirando un largo rato el cáliz y comprendí que de aquella fusión de la tierra y los huesos en el fuego depurador, brotase aquella especie de espíritu re-encamado, aquella especie de visión de las cosas a través de los ojos vidriosos de los muertos y después que pasaron como tíficos por el baño de agua, por el baño de fuego del purgatorio.
— Todo es tan frágil, que hay que tener un cuidado atroz con ello... Yo no los toco... Muere el producto de varios siglos, completamente hecho añicos, en cada cosa que se rompe... Yo, hasta he llorado a veces al ver caer y estrellarse alguna cosa.
¡Qué impresión me dejó Cadalso de los Vidrios! Realmente parecía que conservaban ampollas de tiempo con un cuidado sumo, todos quietos, con los brazos cruzados, con el aliento contenido ante lo frágil.
No pude ver funcionar la fábrica, pero vi caer una helada espantosa que me hizo ver convertido el cielo en un gran fanal de vidrio, viendo en la tierra el brillo del pavimento de vidrios que había hecho la escarcha.
¡Aquella helada sí que lo bautizó ante el forastero con el nombre merecidísimo de Cadalso de los Vidrios! 


Ramón Gómez de la Serna 

Revista Indice (Madrid 1921) nº 2 pag. 6

jueves, 4 de abril de 2013

Cartas al blog....


(A Paloma, mi mujer y mi refugio)



UN PAISAJE


En ese lugar se hace muy sonoro el canto de los pájaros, el rumor del agua espejeando en el arroyo y el ruido del viento bateando las ramas de los pinos de las que penden gotas de rocío que tintinean prolongándose sobre si mismas, resistiéndose a caer para no derretirse al azar, como si buscaran aferrarse anhelantes a una existencia que se les va en un suspiro dulce que las hiere de muerte. Algunas se posan sobre mi rostro, su contacto es fresco, lleno de vida; van deslizándose por la mejilla hasta llegar a mis labios donde degusto un sabor que contiene tu recuerdo.
      Allí mismo de niños jugábamos al escondite y nuestro ejército tenía montado su campamento rodeado de piedras que por efecto de la escarcha aparecían resbaladizas y dificultaban nuestras escaladas al anochecer. En las noches serenas y claras del verano, cuando miles de estrellas se disputaban un hueco en nuestros ojos, aprovechábamos para buscar luciérnagas. 
 
En otoño, entre pinos, jaras y retamas brotan los níscalos y entonces es raro el día que en esa soledad no te encuentras a alguien rastreándolos. 

Del invierno recuerdo un día nevado y con sol incomparable en que mi madre me mandó a buscar a mi padre y mi hermano Nati para comer.
 Los encontré detrás de una piedra cazando jilgueros con “liga” que fabricaban con las suelas de goma de los zapatos. Al verlos, sus caras, sobre todo la de mi padre, se quedaron petrificadas en mi mente ya para siempre. Recuerdo la sonrisa de felicidad de mi hermano, a la sazón contaría seis años, por compartir aquellos momentos inolvidables con su progenitor. Por ese sitio, contaba mi abuela las noches de invierno junto a la lumbre, venían los Reyes Magos. Todos los anocheceres del cinco de enero iba yo ilusionado con mi bufandita tapándome hasta los ojos a comprobar si en la lejanía ya se les divisaba. Amábamos la primavera de esa zona porque con ella comenzaban a cristalizar algunos sueños invernales.


      Era mi paraje más frecuentado, estaba muy cerca de la casa de mis abuelos con quienes vivía. Pasados los años (pasa todo tan deprisa...) acabé comprando mi casa justo al lado. Muchos días encaramado en lo alto de una piedra observo todo el valle, su inmensa placidez, su encanto infantil. Aparecen entonces las miles de ilusiones que el tiempo, absurdo e infalible él, se encargó de etiquetar como irrealizables. Me percato en esos momentos que las convicciones que llevo grabadas en el alma son las que configuran mi auténtica manera de ser que salen a tomar el aire en días en los que apetece querer, recibir mensajes cariñosos, acoger frases dulces y corresponder a todo ello con caricias que hagan perenne mi amor en tu recuerdo.
       A ese espacio impregnado de bondad acudo frecuentemente a hacerme el encontradizo conmigo mismo; busco frutos hurtados de mi huerto y paisajes humanos que la vida me arrebata. Afortunadamente siempre queda tu refugio en el que cobijas éstas mis pequeñas cosas para que yo nunca reniegue de el.


                                               Miguel MORENO GONZÁLEZ

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Rincón de la lectura....

Aquellas Navidades...


Las Navidades de mi infancia comenzaban de verdad la mañana maravillosa del "Día del Gallito" cadalseño y luego se precipitaban ya irremisiblemente a la Nochebuena con la mañana alegre del día de la Lotería, los niños de San Ildefonso cantando números por la radio desde muy temprano, la esperanza y la emoción en todos. Y terminaban -las Navidades y un poco de uno mismo- cuando te acostabas, acompañado del juguete que más te había gustado, la noche de Reyes.
En medio, belenes con verde musgo que habíamos arrancado cuidadosamente de las piedras del valle y que nuestra madre -papa estaba trabajando- nos ayudaba a colocar con gran satisfacción en el nacimiento: pastorcillos, lavanderas, el hombre que hacía las gachas, los soldados de Herodes, el castillo, el río con papel de plata o con espejos, el pueblecito colgado de la montaña y todo ello iluminado con unas lucecitas que le daban como un aspecto de milagrosa aparición nocturna. En fin, qué os voy a contar..
Las Navidades, ahora de mayor, siempre te pillan a traición. De niño, no. Los niños de entonces, los chicos de la era de las katiuskas, soñábamos con la Navidad durante mucho tiempo, casi desde que se acababa el verano. Sabíamos que en Navidad todo marchaba mejor. Los maestros estaban de buen humor y eran generosos dejándonos un par de días inolvidables, de esos de no hacer nada, hasta que nos daban las notas. Aquellos días nos leían cuentos, historias y la leyenda esa de Bécquer: "Maese Pérez el organista"; hacíamos concursos de villancicos, de habilidades ventrílocuas, -Teodoro "Gallina" imitaba de locura a los animales-, y al final Don Enrique o Don Eugenio nos contaban fascinantes tradiciones del pueblo. Los padres también estaban más contentos y nos dejaban más tiempo para jugar en la calle. Y en el pueblo había mucha más alegría en las personas, a pesar del frío. Un frío que era, sin paliativos, el mayor espectáculo de entonces, "?y ya sabes cuando salgas a la calle no olvides ponerte la bufanda". Nunca soporté bien las bufandas, pero a todas horas estaban con aquella cantinela. Nosotros los niños, "que si me da el aguinaldo": una perra chica, gorda, dos reales con agujerito en el centro; hasta daban aguinaldo a la tía Felipa, la pobre de los jueves, a la que nunca dejaban que te acercases porque tosía de mala manera, por lo visto tenía algo del pecho. Sin embargo, recuerdo que las cestas de Navidad sólo las veíamos en los tebeos, en los extras de Navidad de "Pulgarcito" y "Tío Vivo".


La magia de la cena de Nochebuena o la emoción del fin de año, cuando la radio decía que ya estaba a punto de caer la bola en el reloj de Gobernación, esa magia, digo, en el fondo te dejaba como vacío, triste, con una extraña sensación de nostalgia. Un minuto, qué un minuto, unos segundos y ya estabas en otro año. Parecía increíble. Todos se abrazaban y se besaban, y te besaban y te abrazaban a ti, y se empeñaban en que bailaras el pasodoble "Suspiros de España" que sonaba en el Marconi rojo después de las campanadas de medianoche (años antes era mi abuelo el que con el almirez simulaba las campanadas del reloj); pero a uno le daba todo vergüenza, sentías un pudor indefinible. Año Nuevo. Todo por pasar. El corazón te latía con fuerza. Y salías disparado para arrancar la primera hoja del calendario colgado en la pared de la cocina de "Las Casetas". Ya era 1.965. Es curioso, pero ese día de Año Nuevo, cuando ya era de noche, te producía la sensación de pensar en el año anterior como si hubiera existido hacía mucho tiempo, como si no hubiese sido real, como si lo hubiéramos soñado.

Lo más bonito de las Navidades era pensar en ellas. La Navidad, es obvio, tiene algo especial. Nunca he podido descubrir todo su misterio , y saber donde se encuentra su magia. Creo que es algo que va más allá de la unidad familiar, de los buenos deseos en todos los corazones, de los regalos, del "Madre en la puerta hay un niño" o de las vacaciones.

 La magia, el hechizo de la Navidad sé que es mucho más profundo. Yo siempre sentía -y siento- como un temblor desconocido en mi línea de flotación. La Navidad es como una quinta estación que nunca aparece -ni aparecerá- en los calendarios, pero que todos llevamos por dentro. A lo mejor, resulta que la Navidad es sencillamente, nuestra infancia.

Según vamos siendo más mayores, esa quinta estación cada vez nos coge más desprevenidos. De pronto, aparece un anuncio en la tele y te deja perplejo. Suele ser el de un champán que te desnuda en silencio por dentro mientras lo paladeas... Todo ha durado veinte segundos. Pero ya es Navidad en estéreo, en Internet, en el teléfono móvil? Veinte segundos y tus paisajes -externos e internos- han cambiado de repente. Y te das cuenta de que nadie nunca va a poder explicarte el significado de esa tristeza, de esa soledad que te atrapa. No es porque en cada casa falta alguien, que falta. No. Es que el que falta de verdad eres tú. No sé de dónde. Pero faltas.

Esas noches de Nochebuena, Nochevieja y Reyes yo quería acostarme tarde, no acostarme, descubrir a los Magos y la magia de la Navidad que seguro tenían que aparecer de noche y tras la Peña Muñana, y ver amanecer conmovedoramente a través de mi ventana mientras oía: "Los peces en el río; ande, ande, la marimorena; los campanilleros; la Nochebuena se viene, la Nochebuena se va..." Se escuchaban zambombas, panderetas, rascaban con un cubierto la botella de anís El Mono, de la que algunos se ponían "moraos". Y seguía haciendo mucho frío. Todos llevaban gorras y bufandas. Y eso era todo. Estaba helando. En casa hacía calor, todas las luces estaban encendidas. Esas noches no importaba nada. Y luego mi padre me acostaba. Con mucho cariño me arropaba, me traía los tebeos que contaban historietas de Navidad y casi nunca me daba un beso. "Papa", -así llamaba yo a mi padre, sin acento, que me sonaba cursi con él-. "¿Qué?", me preguntó con sus ojos llenos de melancolía y sus labios como queriendo albergar una discreta sonrisa. "¿Siempre es así la Navidad?". "No siempre es así, ya lo comprobarás tú mismo dentro de unos años". Vaya si lo comprobé, por eso todas las Navidades me pasa lo mismo. Y no falla ninguna. Si acaso voy fallando yo.

(Inspirado en las películas de Garci, en las que siempre aparecen junto a sus Navidades, las mías.)

Miguel MORENO GONZALEZ

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viernes, 11 de diciembre de 2009

Rincón de la lectura....

Fiestas y tradiciones en Cadalso



EL DÍA DEL "GALLITO"

Aquella noche al menos tenía un motivo para no dormir. Me levantaba antes de lo habitual y desayunaba sopas de pan con leche disuelto todo en un grueso tazón blanco de barro. Mi madre me vestía encaramado yo sobre una silla y junto a la chimenea encendida; desde allí podía divisar a través de la ventana si pasaba el niño que, a diario y antes de ir a la escuela, repartía leche con sus lecheras de aluminio. Mi madre me ponía la indumentaria de domingo y me peinaba con la raya al lado izquierdo. Y así, tan guapo (al menos eso decía ella), salía a la calle desafiando al frío que, por efecto de la ilusión, aquella mañana no lo notaba tanto y eso que, como siempre, las calles estaban heladas y de los tejados pendían gruesos -y afilados- carámbanos de hielo.





El día del "gallito" todos los chavales llegábamos pronto a la escuela, incluidos los "novilleros", que, exceptuando esa fecha, jamás asistían a clase. Éramos crueles con ellos -los niños casi siempre lo son- y les cantábamos aquello de: "¡A barruntao el gallito... A barruntao el gallito..!", que tiempo después pasó a ser: "¡A rebuznao el gallito..!" Ellos lo padecían resignados porque el fin bien justificaba los cánticos hirientes.

Esa jornada era la fecha más esperada y bonita de todo el curso y además se iniciaban las vacaciones de Navidad. Sobre las 11 h. de la mañana aparecían las fuerzas vivas de la localidad encabezadas por el Sr. Alcalde. Don Enrique, a la sazón director del Grupo Escolar Carlos Ruiz, acompañado por el resto de los maestros (D. Eugenio, D. Manolo, D. Luis... que antes que a nosotros -algunos de ellos- dieron clase a nuestros desconcertados padres) los saludaban ceremoniosamente y pasaban todos juntos a la clase de tercero, allí se situaban delante de la pizarra; a su derecha quedaba la mesa del maestro, a su izquierda la estufa de leña y arriba, presidiendo todo, las fotografías de rigor (todo lo estoy viendo ahora). Los niños nos levantábamos respetuosamente y al poco íbamos desfilando satisfechos ante ellos para que nos entregaran el libro y el "gallito", en aquel momento no existía en nuestras vidas nada más importante y, por eso, al recibirlo musitábamos un "¡Gracias!" entrecortado por los nervios y la emoción.

Al salir del colegio con nuestro pequeño tesoro las calles se inundaban con voces gozosas: -"¿Cómo es el tuyo?"- y comenzábamos a recorrer las casas de los familiares, vecinos y amigos mostrando el libro que servía de reclamo para recibir el aguinaldo en forma de perras gordas, dos reales con agujero e, incluso, alguna que otra peseta. Monedas que los mayores habían ido cambiando poco a poco en las tiendas de coloniales de Emiliano y Sinfo.

Cuando regresaba a casa lo primero que hacía era forrar el libro para distinguirlo de la enciclopedia que permanecería, ya para siempre, sin forro. El "gallito" quedaba incólume hasta que llegaba mi padre del campo, yo entonces se lo ofrecía ritualmente; él, después de simular un mordisco, me lo devolvía con una suave sonrisa para que me lo comiera. Todos los años al despertar ese día me lo decía: -"¿Me guardarás el gallito, no?". Mi padre murió una tarde de agosto y esa simbólica costumbre la recogió mi hermano pequeño, Jose. Cada nochevieja, cuando regresaba yo del extranjero, él me daba duro, pero blando de ternura, aquél mazapán que amorosamente reposaba sobre una pequeña taza blanca con líneas onduladas rojas esperando mi vuelta a casa. Y es que, paulatinamente, los cadalseños vamos recogiendo de unos a otros ese "gallito" que nos transmite el amor a nuestra tierra y nuestras gentes.

Hoy, una vez más, mis recuerdos son la prueba de que he vivido y filtrándome por ellos vivo de nuevo aquel tiempo irrepetible y feliz.

Miguel MORENO GONZÁLEZ

escritor galardonado