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jueves, 6 de diciembre de 2018

cartas al blog...



SE VA JOSÉ DE LA ARADA HERNÁNDEZ

                Llegó observador, tímido y tranquilo. Recuerdo su mirada noble y melancólica. Se sentó a mi lado silencioso y agachó la vista mirando el móvil. Algo desconocido me dijo de él que íbamos a sintonizar. En ocasiones le contaba sucedidos de este perturbador Ministerio de Exteriores y abría mucho los ojos escuchándome sorprendido. “Ya irás comprobando todo lo que te digo con el paso del tiempo.”  Una mañana pasó Pepe a saludarle y le animó: “Si tienes que arreglar tus cosas dedícate a ello, más adelante iremos viendo.” Estuvimos un rato hablando los tres y eso le agradó. Era verano y el sol invadía el despacho. Bajé el toldo y la luz tamizó de naranja la estancia. Su expresión agradeció el cambio.
            Después dialogamos mucho y comprobamos que el paisanaje castellano nos hermanaba, que la complicidad de los años estrechaba nuestra relación. Hablamos bien por la espalda el uno del otro y nadie osó jamás acercarse por separado a dejarnos caer alguna maledicencia. Los mediodías nos tomábamos un chocolatito y como también tenemos un sentido del humor similar, alegrábamos la espera con metáforas: Comparábamos el esperpento de la actual exEspaña con las historietas disparatadas que se nos ocurrían para satisfacción mutua y la de Sofía, que nos obsequiaba con su fino ingenio y su cercana amistad. Por ella supimos que las sonrisas son valiosas.

           Generamos un compañerismo de apetencia razonable, sin pretensiones disparatadas. Lo evidente no se exagera, se vive con agrado y se disfruta con moderación. Cuando alguien bueno se va, le echo de menos. Todos los compañeros que me encontré al llegar ya se jubilaron. Me quedé aislado y pobre, endeudado conmigo mismo, como dijo el poeta Horacio. Por eso, cuando llegó José de la Arada tuve la sensación, abrigué la esperanza, de que uno de ellos se había arrepentido y regresaba para pagar mi deuda y acompañarme hasta el final. 

            Vuelvo a quedarme solo. Como esa barca que aparece solitaria y varada en la playa. Pasas un día y la ves moviéndose al ritmo que le marcan las olas más pequeñas y mansas. Retornas tiempo después y reparas que sigue allí: encallada en su zozobra, desbaratada por el empuje del desamparo y la emoción. Y entonces imaginas que quizá forme parte de los restos de un gran naufragio, que alguien la olvidó adrede para recordar a la gente como nosotros. Y es que somos los restos emocionados del naufragio de nuestra vida. De todas las vidas nobles hundidas somos sus náufragos.
            Él, a Caracas se va. Yo, en Cadalso me quedo. Y a ambos nos seguirán alimentando esas nostalgias, esos recuerdos que nunca se lleva el tiempo.
                                                                                  

    Miguel MORENO GONZÁLEZ

viernes, 23 de noviembre de 2018

cartas al blog...


  UN TORERO CASTELLANO: 
 SANTIAGO MARTÍN, “EL VITI”


Usted ha sido el torero que mejor ha representado la idiosincrasia castellana: serio y sincero, responsable y digno, auténtico y sensible… Un artista castellano de pura cepa, callado, sin alharacas ni adornos superfluos. En definitiva, un castellano de raigambre. Y es que esta Castilla nuestra con tanta belleza desolada, con tantos sueños rotos, tan olvidada, tan sacrificada, tan seca de chaparros y tan madre de España, sigue siendo capaz de parir hijos ilustres como Santiago Martín, “El Viti”.

Usted tiene que saber que mis paisanos, muchos de ellos ya desaparecidos, como mi abuelo o mi padre, madrugaban en verano para, bajo un sol abrasador, hacer sus labores del campo y así llegar a tiempo a Cadalso a la hora de comer, para después ver en blanco y negro las corridas televisadas. Aquella era su deslumbrante seña de identidad, su irrenunciable filosofía tauro-cadalseña que los niños emulábamos jugando incansables al toro por las calles del pueblo. “El Viti” era uno de nuestros protagonistas principales junto a “Antoñete”, Puerta, Camino, Ostos, “El Cordobés”, Gregorio Sánchez, Joaquín Bernadó, Palomo Linares…

Recuerdo que una vez en Sevilla le preguntaron por su seriedad en la plaza y usted respondió, lacónico y educado, con esa voz tan bonita que posee de locutor de radio: “Es que el toreo es muy serio”. Y partió feliz como lo hacen los ruiseñores al anochecer mientras el periodista quedaba  meditabundo. Usted fue el torero castellano que con más fuerza y verdad triunfó en Sevilla, tan distinta a Salamanca. Su toreo solemne, clásico y auténtico, de color miel como las piedras de arenisca de las catedrales salmantinas, brillaba por doquier con esa maestría con la que a usted le brotaba incontenible. El pulso torero le late en las venas, por eso le es innato, maestro. Mil veces que naciera, mil veces nacería con el alma torera y siempre la tendría en el Olimpo Taurino. Una de aquellas tardes sevillanas, Alfonso Navalón Grande le escribió una crónica de una belleza crepuscular. Solamente el título ya emocionaba y daba que pensar: Una encina castellana en La Maestranza. En Madrid era idolatrado y es el torero que más veces ha abierto la Puerta Grande de Las Ventas: dieciséis, dos de ellas como novillero.


Fue a usted, maestro, al que más y mejor oí defender el toreo cuando lo prohibieron en Cataluña unos políticos blandos con las manos, duros con los sentimientos, cobardes con la verdad e indoctos con la historia catalana. Recuerdo que le escuché por la radio una madrugada apacible y lluviosa de domingo otoñal. Su voz, inconfundible y hermosa, sonó rotunda, segura, llena de amor por el toro, enriquecida con un castellano añejo, melódico y exquisito. Habló con valentía, con sinceridad y emocionado, con desgarradora y delicada forma se expresó usted, como lo hacen los apasionados cuando hablan de sus amorosas pasiones. “De bien nacido es ser agradecido”, decimos en Castilla. Yo estaba en la cama y sentí que se me ponía la carne de gallina y luego, escuchándole conmovido, ya no pude resistir más y lloré en mi soledad. Lloré por usted, por el toreo y por esa ciudad española en la que he residido y a la que tanto quiero y admiro: Barcelona. Y lloré porque nos iremos para siempre y sólo nos sobrevivirán sus naturales infinitos. Al fin, por mis paisanos de entonces y por mí lloré, porque algo muy nuestro nos arrancaban de cuajo del corazón.

En Santiago Martín, “El Viti”, se conjuga la verdad de la Tauromaquia y la de los más nobles valores humanos. Usted es torero, sí. Pero es también hombre de una pieza. Un castellano de recia estirpe e hidalgo abolengo que cuando acariciaba a los toros con sus muletazos templados e interminables, parecía llevarnos a todos en volandas desde la tierra al cielo. Y tan felices nos hacía con su arte, maestro, que, por momentos, nos transfiguraba en toreros celestiales. Y cuando palpábamos las nubes percibíamos que su magia nos hacía mejores personas y toreros inmortales. Como usted, maestro. Inmortales y buenos, como usted.



Miguel Moreno González   

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martes, 19 de junio de 2018

el viejo brasero...

 

Recordando el brasero en la mesa camilla donde no podían  faltar las conversaciones , historias y cuentos que se contaban entonces,   hay que pensar que en aquellos años no se tenía la tele y entonces a la luz del candil los cuentos eran los protagonistas principales de cada noche...

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Cuentos al calor del brasero...



“Maquitilla ura ura”.

En los años cincuenta, poco después de la festividad de los Santos y los Difuntos –  ambos feriados entonces – en Álora, el tiempo solía “meterse en agua” y eso junto con lo pronto que se hacía de noche, terminaban de una forma brusca con el verano y su libertad.

Empezaba entonces una especie de letargo invernal, que tenía especial incidencia en el campo, en donde a partir de las ocho de la tarde ya era casi noche cerrada y al no haber luz eléctrica, toda la familia se refugiaba, en derredor de la mesa camilla, a la claridad del quinqué de petroleo para cenar y pasar la velada en tertulia.

Como mis padres casi siempre tenían que madrugar, muchas noches nos quedábamos los pequeños - reacios a irnos a la cama - al cuidado de los hermanos mayores y cuando pienso en ello, me viene el recuerdo de mi hermana Natividad.

Ella era la mayor de todos y actuaba respecto a sus hermanos menores, como una segunda madre, a la vez cariñosa y recta, conservando este ascendiente a través de los años hasta su desgraciada muerte temprana.


Nati, como le llamaba toda la familia, era además nuestra contadora oficial de cuentos. En las frías noches de invierno, en que el viento soplaba produciendo extraños sonidos en el exterior, nos encantaba cuando tras insistirle, nos leía alguno o mejor aún, cuando nos lo contaba.

Nunca se negaba a hacerlo, todo lo más, si estaba agotada por el trabajo en el campo, se refugiaba en narrarnos uno corto para que quedásemos satisfechos.

No obstante, nosotros éramos insaciables y siempre pedíamos más, hasta que, ante nuestra insistencia, recurría a contarnos uno que nos hacia ir a la cama mirando hacia atrás, que era el de “Maquitilla ura ura”.

Se trataba de un cuento gótico, muy popular en mi tierra y propio de las veladas en vísperas de difuntos, porque se refería a muertos. Antes de relatarlo, Nati solía reducir la luz del quinqué, con lo que la habitación quedaba en una semi penumbra inquietante, mientras nosotros - que habíamos oído la historia docenas de veces - nos acurrucábamos contra la mesa, buscando en su contacto protección.

En esencia, el estrafalario argumento, se refería a una niña desobediente – Mariquilla – a la que su madre mandaba comprar asadura para cenar y cuando, jugando perdía el dinero, no se le ocurría mejor idea, que extraer en el cementerio las de un muerto y este por la noche venía para vengarse.

Mi hermana, puesta en pie en un silencio total, reproducía con lúgubre media voz - como solo ella sabía hacer - gestos, ruidos y palabras que, por su boca y de una manera agónica, el muerto viviente profería:

 .- ¡Mariquilla uraaa uraaa... vengo a por tus asaduras.. Ya voy por el primer escalón de la casa...! y así, lentamente, avanzando escalón por escalón y puerta tras puerta – cuyo número alargaba más o menos según su estado de cansancio - iba incrementando el suspense de forma magistral, hasta llegar a cumplir la amenaza...

Si en aquel instante alguien hablaba o hacía el más leve ruido, todos gritábamos aterrorizados.

El cuento – a la vez deseado y temido – marcaba el final de las veladas, pues pese a saberlo de memoria, siempre producía idéntico efecto.

Ese día, atravesar el pasillo, para ir a la cama, se hacía en segundos y luego, tapados y casi sin respirar, escuchábamos por si algo se movía en la casa, hasta que el sueño finalmente podía más que nuestro miedo.

En aquellos años la madres y abuelas aun con sesenta años parecían nuestras bisabuelas por su luto riguroso y su forma de vestir, acentuando mas el miedo y respeto a la oscuridad...

Durante años, cuando volvía a mi antigua casa, al cruzar por las noches el pasillo desde la cocina, muchas veces pensé de manera inconsciente, si no estaría allí agazapado y acechando entre las sombras, el siniestro personaje del cuento de Mariquilla...
 
J. M. Hidalgo (Recuerdos de infancia) 

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viernes, 1 de junio de 2018

la radio...




En mi casa, cuando yo era chica, aparte de mis padres, mis hermanos, mi primo, mi abuela y yo, vivía con nosotros una pariente (o, por lo menos, la considerábamos tan parte de la familia como cualquiera de nosotros). Esta se ponía a hablar de todo lo que se le ocurriera apenas nos levantábamos, nos acompañaba en desayunos, almuerzos y cenas, y no paraba hasta que el último de nosotros se acostara por la noche. Lo curioso es que, en vez de considerarla una plasta insufrible, todos la amábamos con lealtad.

 Esa pariente, omnipresente y locuaz, era La Radio.


La amaba mi padre que oía todos los partidos de fútbol que aquel Matías Prats contaba con un apasionamiento tal que mi padre, tan comedido normalmente, se dejaba llevar, se levantaba de la silla y gritaba el ¡gooooool! al alimón con él.

La amaba mi madre, que escuchaba los seriales lacrimógenos de Sautier Casaseca (¡unos dramones, oiga!), los consejos de Elena Francis y las noticias que salían profusamente del aparato (nunca se rompió, que yo recuerde), instalado en el cuarto de costura pero cuya voz llegaba a cualquier rincón de la casa.

La amaba mi abuela, que atendía religiosamente al angelus y la misa de los domingos, pero también a la retransmisión de loterías y premios de los ciegos.

La amábamos los niños que nos entusiasmábamos con el Tío Pepote y su envío de caramelos a través de las ondas, un milagro semanal que ninguno fue capaz de analizar ni de cuestionar; con el cuento de la 1, cita obligada al volver del colegio al mediodía; y, sobre todo, con los anuncios, que nos sabíamos de memoria ("Si lo toma el futbolista, se hace dueño de la pista; y, si es el boxeador, ¡pom, pom!, golpea que es un primor...", cantábamos con el del Cola Cao).


Y la amaba yo que, ya de jovencita, no me perdía los programas desternillantes de El Zorro ("Yo soy el Zorro, zorro, zorrito, para mayores y pequeñitos..."); ni "El buen teatro en su hogar", que me acercó al "Romeo y Julieta" de Shakespeare, a "Dulce pájaro de juventud" de Tennessee Williams, al "Diez negritos" dramatizado de Agatha Christie y a tantas obras de teatro (¿por qué no se reponen? Eran grandiosas); ni me perdía, sobre todo, "La ronda", que nos llenaba de emoción a todas las de mi generación por si alguien especial le pedía a la estudiantina que nos viniera a rondar.

La Radio era la dueña absoluta de la casa, el Oráculo, la que nos comunicaba con nuestro mundo y el Mundo. Y ni siquiera, cuando en los años 60 apareció la tele, la relegamos al cuarto de los trastos. Todo lo contrario, supo convivir con dignidad al lado de la usurpadora, y, por lo menos en la casa de mis padres, siguió, dale que te pego, alegando de la mañana a la noche. 

Hoy en mi casa no es así porque, aunque Elvira Lindo diga: "¿Qué clase de hogar es ese en el que no hay un aparato de radio en la cocina?", a mí me gusta el silencio. Pero sigue acompañándome cuando camino por las mañanas, cuando conduzco o cuando pasa algo especial, y mi marido no hay noche en que no se ponga a oír su programa de jazz.

Esta semana, sin embargo, la Radio ha vuelto a ser protagonista en casa porque me han hecho una entrevista, ¡a mí!, a propósito de este Blog de una Jubilada. Fue en un programa de la Cadena SER en Canarias -Hoy por Hoy Tenerife, en la sección SER 3.0- que llevan Begoña Ávila y Juan Carlos Castañeda. Por primera vez yo fui parte de esa pariente amada que se mete en todos los hogares a contarles su vida. Me sentí como Jesulín cuando decía que España es como un toro, como Lola Flores hablando de su arte o como García Márquez presentando "Cien años de soledad".

 





lunes, 28 de mayo de 2018

juegos de antes...


Poco queda ya de aquello...


Bellas eran las tardes rurales de aquella infancia de los 70, donde los niños vivíamos la calle entre piedras, palos y numerosos juegos de imaginación y contacto humano. Vivencias todas muy distantes de la actual propuesta de gasto y fasto para el divertimento. Pero no todo era trigo limpio, cierto es. Debajo de aquellos juegos subyacía una violencia antigua y rayana en lo brutal y primitivo; heredera de aquella España celtíbera, de aquella Lusitania ruda y pastoril, que hace pensar por qué Viriato, quién sabe, pudiera haber surgido de estas tierras y no de otras.
Los niños éramos muchos. Fuimos los hijos de la gran natalidad promovida por el régimen y la iglesia, con películas de Paco Martínez Soria o Pepe Isbert  (tenían su gracia, hay que decirlo) aunque a los pueblos apenas llegaba la tele ni el incipiente y gris aperturismo de los exiguos “planes de desarrollo”, con horteras de playa y suecas en Benidorm. En medio de aquella vorágine muchachil, la diversión se resolvía, con frecuencia, en una descarnada y frontal lucha de supervivencia.
Los juegos eran bruscos: desde “Mosca parió mi burra”, donde muchachones mayores saltaban sin compasión sobre la espalda de niños (niños-burra), con la clara intención de derribar y hacer daño. “El marro”, donde una cadena humana cerraba las calles al último náufrago con el único propósito de atraparlo y lincharlo a golpes y patadas. “Reliqui reliqui, si te pica que te piqui”, en el cuál la víctima que se la quedaba, era objeto de toda una secuencia de espuelas, culadas o derribos: “¡¡ La primera sin topal, la segunda culá que te junda, la tercera se da lo que se quiera, la cuarta culá que te parta, la quinta reliqui reliqui si te pica que te piqui, la sehta puñuh en cehta,!!” etc. Otra serie de juegos similares como “El corchu y la tapaera” o “A contrabandu”, completaban la agresividad ancestral transmitida de generación a generación.


Los roles entonces estaban todos perfectamente definidos. Mientras los niños se empleaban en rudezas varias, las niñas saltaban a la comba o cantaban, muy femeninas, canciones de corte amoroso y comprometedor: “¡¡Si piensa en fulanita, fulanita no lo quiere, y el pobre fulanito de pena se muere!!” Y el citado fulanito, “roju comu un berruecu”, la emprendía a patadas con las niñas cantoras en un sobrado alarde de supremacía varonil.

Por contra estaba la alternativa de algunos juegos digamos... unisex, claramente mal vistos por el ala dura de los muchachones más representativos del grupo.

En numerosos juegos rurales había un denominador común que era “la majá” (la majada), lugar de refugio de los participantes, que dejaba entrever el marcado origen pastoril de los juegos.
En “la majá” nos refugiábamos todos muy entusiasmados como lo hicieron  antaño los hijos de pastores y cabreros, o como lo hacen ahora los hijos de médicos o informáticos cada vez que les enseñas estos mismos juegos en campamentos o colegios. Hay cosas que son impermeables al tiempo, siempre y cuando tengamos la intención de preservarlas. Seguramente la industria del juguete y los grandes almacenes tengan una idea divergente y claramente interesada al respecto.



Me vienen a la memoria juegos especialmente entrañables como al corro de la patata ,pero, si tuviera que citar un juego recurrente y participativo de aquellas tardes ásperas y a la vez hermosas, ese sería, sin duda "Boti boti" (Bote botero); y no sólo por el juego, sino por el bote en sí y lo que éste representaba en aquella  Extremadura de palo y barril.



Encontrar un bote era tarea relativamente fácil. El bote de lata era todo un símbolo, un icono rural, polivalente y mísero, que lo mismo servía de azucarera o recipiente de legumbres, como depositario de bellotas y cebada..., o improvisada caja de herramientas oxidadas. El bote era algo, era alguien. No resultaba extraño ver a  niños por las calles pregonando botes nuevos como el que pregona lechugas.

El bote, en última instancia, era pasto de la calle. Lo buscabas para jugar a "Boti boti” y lo encontrabas allí, abollado, entre ortigas y cagadas de perro secas. Lo cogías con la emoción del argonauta que encuentra el vellocino, y lo mostrabas triunfante, pero, acto seguido, tu gozo en un pozo: aparecía siempre otro niño con un bote mejor que el tuyo, pues los botes brotaban del suelo por generación espontánea, al tiempo que destellaban rutilantes en los tejados, con los rayos del sol, junto a chimeneas y gatos secos.

El bote de la calle era un bote que había dado su carrera. Era echado del hogar como un hijo bastardo de lata al que no se quiere, y deambulaba por las calles de patada en patada, o atado al rabo de algún gato que corría despavorido.


El deterioro del bote te daba la medida de su bagaje callejero. Lo mismo se llevaba patadas en “Boti boti”, que de cualquier niño transeúnte, que, quizá, viendo al bote aún más débil que él (qué paradoja) le daba una patada más de tantas, cambiando la ubicación de su destierro, mientras el bote se vengaba, a la vez, despertando de siesta al propio y rudo campesino que lo echó a la calle, en un extraño y cerrado círculo de iras y resentimientos. Y así, de esta manera, íbamos sobreviviendo y dando carpetazo a unos años tan literarios y bellos como duros y difíciles, aunque, quizá, menos que los actuales, qué ironía.



Cuando las tardes y los juegos terminaban, el bote se quedaba en la calle, huérfano de corral, y los niños nos íbamos a casa entre olor de cabra y humo de chimenea, con la luz crepuscular colgada en los tejados.




JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS


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P.D.

Dicen de El...
 
Es un lector empedernido de autores que han demostrado una gran capacidad para erigirse en creadores del lenguaje, como Umbral o Cela, y de poetas tan originales como Quevedo o Aleixandre, también él mueve la pluma con soltura. Fruto de ello es, entre otros escritos,  “De un tiempo de pulgas y esperanza”, donde radiografía con emotivo hálito sus ruralizadas vivencias en el pueblo que le vio nacer, de las que extrae importantes reflexiones filosóficas y agudas críticas contra la modernidad de nuestros tiempos, donde el hombre, y más concretamente los jóvenes, son títeres de un mundo desnortado, autista e individualista, donde impera la sociedad de consumo.

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Yo personalmente le sigo y publicaré varios de sus interesantes relatos de tiempos pasados y vivencias en su pequeño pueblo Extremeño...

ESPERO QUE OS GUSTEN SUS RELATOS...

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viernes, 4 de mayo de 2018

Dedicado a todas las Madres...


Entre la vida y la muerte, 

un suspiro nos separa. 

Un relato para el dí­a de las madres...

 

En la circunstancia de nacer, sobre la conciencia se genera una vitalidad desconocida, tal vez provenga de Dios o del Universo o, simplemente, sea la energí­a de mi cerebro que está en el inicio de su desarrollo. Sin embargo, ya estoy aquí­ en el tránsito de mi natalicio, en donde todo es posible, soy una de las creaciones más puras de la naturaleza; estoy libre de estrés y miedos, los que ni siquiera alcanzo a dimensionar por las sensaciones imperceptibles a la hostilidad del mundo. Este seno materno alberga el refugio más seguro posible, ya que no existe mayor protección que el amor de la conservación de la especie.
Anímicamente escucho la ternura de las voces que con melosas palabras hacen eco en el vientre de mi madre, y los tenues pulsos de los latidos de un corazón que mantiene en vida no sólo a quien me procrea, sino a mí­ también. Mi mamá con sus dóciles manos acaricia su curveada barriga, cuyo terciopelo frota con cariño. A su debido tiempo, el vientre materno tendrá que expulsarme a mi inexorable destino o a la libertad de una voluntad inquieta.

¿Qué sucedió durante el lapso de aquel tiempo y espacio? En el instante sobre el cual me asomaba a un nuevo mundo, abandonando la tranquilidad y la calidez que me alojaba muy confortable en el vientre de mi madre, abrí­ los ojos y aspiré el primer aroma del universo, igual que todos los seres que sienten la experiencia de su propio nacimiento. En el punto donde empieza una vida, con certeza termina otra. Y es que los individuos que se despiden de este mundo exhalan su postrer suspiro, cuyo aliento es la  pausa que mide la vida de la muerte; varias de las narices que inhalábamos la brisa que sacudí­a los cabellos de las personas, las hojas de los árboles, las nubes del cielo y todo aquello que rosaba aquel soplo de la naturaleza, compartí­amos el mismo olor que destilaba el Universo. Infinidad de pulmones contendrí­amos el mismo aire y la misma esencia del cosmos y, después, lo exhalarí­amos, reciclando aquel viento que en algún momento respiraron nuestros antepasados y que ha recorrido el alma de todos; ¿cuántas lágrimas, sangre, sudor y secreciones de toda í­ndole se derramaron?


 Durante incontables minutos, en alguna polución, tal vez hubo muertes o quizás la procreación de nuevas vidas ¿acaso somos parte de aquello que existe y deja de existir? Tan sólo queda de nosotros el recuerdo, no más para no desaparecer de la faz de la tierra. Y para los que aún vivimos, nos corresponde recordar a aquellos que ya no están y que se fueron para mantenerlos en esta vida, tal es mi caso, que soy vitalidad y lozaní­a del acto sexual de mis padres o de la Creación Divina.
Mi llanto no se detiene; pidiendo auxilio, presiono mi diafragma para aumentar el volumen del lloriqueo y que se rompan los cristales, este lugar me aterra, no conozco nada ni a nadie..,
¿en qué sitio llegué a encontrarme?, mis sentidos se descoyuntan, el ruido que atraviesa mis oí­dos me hace perder la calma, lo cual enturbia mis diáfanos pensamientos, confundiéndome entre el caos; mis ojos perciben en vilo la luz  que me refleja colores, en cuya entorno presiento la intromisión de varios instrumentos, no sé si sean para agredirme; me sujetan esos malditos que esconden su cuerpo cubriéndose con telas blancas y su rostro con una máscara azul, ¿qué intentan hacerme?, mi susto crece cuando siento que me alejan de mi progenitora, la única persona en quien puedo confiar...



Ahora estoy en el espacio más seguro del universo, amamantado en el regazo de mi madre, protegido a través de su mirada y de su infinito amor, entre la ternura de sus manos, recobro mi confianza y el miedo se evapora; hubo múltiples posibilidades de que hoy estuviera muerto y  sólo una de continuar vivo ¿esta experiencia es acaso un simple suceso más de la vida o un verdadero milagro?...
 

Autor: Carlos Franco Castillo


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miércoles, 18 de abril de 2018

cartas al blog....





VUELA UNA PALOMA


         Nos conocimos en la Peña Muñana cadalseña en 1976. Formalizamos nuestra relación en la Semana Santa de 1978 y nos casamos el 26-06-1980. El posterior 4 de julio nos presentamos en la Embajada de España en Argel para tomar posesión. 


 Nuestro viaje de novios fue para trabajar en un país totalmente distinto al nuestro, el cual padecía graves convulsiones sociales y políticas: Descolonización del Sahara y lucha del Frente Polisario por la independencia que originaron disputas entre Argelia y Marruecos. Invectivas radiofónicas llamando al rencor antiespañol de Antonio Cubillo en Radio Argel, fundador del movimiento separatista y terrorista canario MPAIAC. Sufrimos angustiados un terremoto en octubre de 1980 con epicentro en El Asnam, cerca de Argel, que destruyó el 90% de la ciudad. Se iniciaron las negociaciones hispano-argelinas sobre el gas y el petróleo con la visita de los Reyes en mayo de 1983. 

Los islamistas del GIA asesinaron a dos monjas agustinas españolas que nos proporcionaban medicamentos y una ternura infinita; las degollaron a sangre fría al salir de misa.
Había campos de entrenamientos de etarras para matar con escarnio:En nombre de su libertad nos arrebataban la nuestra, ¿por qué tanto odio a España?

Soportamos constantes, inmisericordes y largos cortes de agua imprevistos que nos obligaban a desplazarnos a la Embajada para ducharnos. Por lo demás, podríamos hablar sobre las reivindicaciones y derechos actuales en exEspaña y que posiblemente jamás llegarán allí: Consideración hacia la mujer, derecho de reagrupación familiar y subsidios de ayuda para la integración de los extranjeros, sufragio universal, libre participación social… Ventajas impensables allá que son habituales acá.

         Conocimos a extraordinarios españoles que no sabían rezar y sin embargo se conmovían cuando oían hablar de España; a algunos los repatriamos sin vida con una pena inmensa (qué triste es morir fuera de tu tierra). Durante casi seis años estuvimos allí los dos solos. 

Nos hicimos fuertes en soledad ante la incertidumbre y el miedo a lo desconocido. Corrimos un peligro cierto que aguantamos estoicos, convencidos de no tener otra alternativa. No poseíamos nada, salvo hermosos e innumerables proyectos de futuro. Allí creció nuestro amor y decreció nuestra vanidad. Volvimos a Madrid en 1986 al Ministerio. Y aquí seguimos. Treinta y ocho años en Exteriores y cuarenta desde que nos hicimos novios.
En 1983 nació nuestro hijo Miguel y en 1987 nuestra hija Berta. Procuramos educarlos con unos principios que ellos, afortunadamente, saben asumir y desarrollar cuando el momento lo requiere. De niños, por las tardes, les llevaba a conciertos de música clásica, a conferencias literarias, a ver torear con arte y a pasear mientras les hablaba de mi infancia pobre y feliz en Cadalso. Paloma les enseñó a patinar, a nadar, a respetar al prójimo, a querer el campo y a encontrar la belleza de lo cotidiano.
Miguel era  hiperactivo y noble, Berta sosegada y segura. Y ambos honrados y sensibles. Y así continúan para nuestra satisfacción. Si te paras a pensar, nada extraordinario. Para qué nos vamos a engañar…

         Paloma se levanta a las 5:00h de la mañana, me da un beso suave y me arropa con delicadeza antes de salir de casa. Llega a Consulares a las 6:30h., enciende su ordenador y comienza su jornada laboral repartiendo amabilidad y simpatía sin vanas pretensiones. Siempre responsable y trabajadora como si fuera su primer día y necesitara hacer méritos.
 Muchos estaban en sus pupitres cuando ella ya estaba dando el callo; no en París, Londres o Madrid, sí en Argel. El auténtico motor de esta familia sigue siendo Paloma: buena, discreta, educada, elegante, humilde… 


Saca tiempo de donde sea para seguir ofreciéndonos su amor y su dedicación. Conserva intacto  su franco optimismo, su generosa sonrisa, su desmedida pasión por la natación y su amor hacia todo lo suyo. Ella siembra cariño donde otros encono.     

         La echaréis de menos. El tiempo le hará justicia y sabréis que compartisteis compañía con una mujer colmada de virtudes. Os ofreció lo mejor de ella a cambio de un poco de comprensión. Ahora comprobará que las palomas vuelan gracias a su bondad y desde el espacio cadalseño descubrirá que la queremos de verdad. 
Y aunque nosotros jamás podremos volar, nos emocionaremos al verla pasar.

                                                       

                                    Miguel MORENO GONZÁLEZ

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