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jueves, 6 de septiembre de 2018

Las chicas del taller...




 He tomado esta foto del blog de la Asociación del Camino de Santiago de Cadalso...Son parte de las muchachas Cadalseñas que trabajaban en el taller de costura...

En la puerta del taller (hoy Betania), con D. Primitivo en el lado izquierdo, las chicas del taller posando con las guerreras militares que ellas mismas confeccionaban. La foto se hizo en 1970 y por la sombra ya era por la tarde.

Otra curiosa foto en el patio del taller, junto a las aulas "parroquiales", posando con la primera equipación del equipo de fútbol de Cadalso, que también confeccionaron ellas...
 De izquierda a derecha:  Rosario Escudero, Abdona Álvarez, Ana Valdés, Mª Carmen Fernández, Conchi López y Lucía López. Delante, arrodilladas, la primera identificada como hermana de Juani, Milagros Calvo, Juani Meilán, Maxi y Carmen Cordero...

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domingo, 3 de junio de 2018

Lo que nos contaron ...



Las caras de misterio que ponían los adultos al contarnos cualquier cosa, eran directamente proporcionales a las caras de asombro que poníamos los más pequeños al escuchar; había una perfecta armonía entre el contador y el oyente. Esto ocurría, claro está, en un entorno donde la palabra, y la historia contada cara a cara, aún gozaban de una magia ya perdida... Nos hablaban en voz baja, en un tono misterioso y alcahuetero, que no podía por menos que captar nuestra atención, suscitando en nosotros una perfecta mezcla de temor y admiración.




Los cuentos que nos contaban los ancianos, no eran los cuentos recurrentes de Andersen o Perrault (a los que en modo alguno conocían), sino más bien relatos que formaban parte de un acervo cultural propio, rayano en lo más atávico y campestre, adquirido a su vez de la mano de sus antepasados directos. Eran narraciones siempre con muchos lobos de por medio y otros miedos enraizados en lo más arcano y profundo de la tierra extremeña.




Aquellos cronistas de nuestros años lejanos, pocas veces comenzaban sus cuentos con el clásico "érase una vez", ya tan manido; ellos usaban frases introductorias más propias de las hablas locales de aquellas aldeas nuestras: "Me acuerdu una vez, cuandu era chicu, que me contaba mi padri..., no sé si será verdah, peru a él se lo contó su agüela...” "Éhtu que voy a contáruh, dicin que pasó una veh jaci ya múchuh áñuh, cuandu ehtaba un muchachu solu en el monti guardandu el ganau...”



La tradición oral, a falta de tecnología (bendita tradición oral), se abría paso con la simple y a la vez insuperable presencia humana. La transmisión de boca a oído, de mirada a mirada, con olores y sonidos propios del lugar, se tornaba en un mensaje claramente tridimensional y organoléptico, muy por encima de todos los malditos “gibabytes” del mundo digital que nos rodea... Esta tradición oral fue brutalmente aniquilada con la llegada del modernismo, sí, pero a nosotros, los niños de entonces, nos dejó una huella imborrable, y nos permitió ser privilegiados testigos de los últimos coletazos de aquella antigua y hermosa cultura de la palabra.



Los adultos nos contaban cosas en los ratos de asueto de las matanzas..., en el fresco..., en los poyos al atardecer..., en los recesos dominicales, sentados en cualquier piedra que hacía las veces de poyo..., o en las mesas camillas los días de lluvia y frío…, al fuego de las chimeneas, o quizá en los trayectos campestres, donde los abuelos desplegaban, como una vieja acordeón, su memoria inagotable, bajo el marco incomparable de una dehesa extremeña, o alguna empinada cuesta de tierra con la imponente vista del río Alagón al fondo.



Había personas mayores conocidas por su habilidad para entretener a los niños, habilidad que en gran medida consistía tan sólo en importantes dosis de paciencia y dedicación, que era lo único que los más pequeños demandábamos de aquellos adultos, en su mayoría serios, ásperos, e inmersos en las distintas cuitas que nosotros ignorábamos desde nuestra irresponsable atalaya de fantasía, quizá como un mecanismo de defensa infantil.



Eran habituales los cuentos de niños pobres, padres pobres, ancianos andrajosos, mendigos…, y todas las calamidades del mundo mundial que se mimetizaban a la perfección con el entorno rural propio, más cercano a las carencias que a las sobras... Era como sí, en el mundo de lo irreal, más que desear una válvula de escape en algún sujeto triunfante, buscásemos más bien alivio en el famoso consuelo de tontos...



JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
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lunes, 28 de mayo de 2018

juegos de antes...


Poco queda ya de aquello...


Bellas eran las tardes rurales de aquella infancia de los 70, donde los niños vivíamos la calle entre piedras, palos y numerosos juegos de imaginación y contacto humano. Vivencias todas muy distantes de la actual propuesta de gasto y fasto para el divertimento. Pero no todo era trigo limpio, cierto es. Debajo de aquellos juegos subyacía una violencia antigua y rayana en lo brutal y primitivo; heredera de aquella España celtíbera, de aquella Lusitania ruda y pastoril, que hace pensar por qué Viriato, quién sabe, pudiera haber surgido de estas tierras y no de otras.
Los niños éramos muchos. Fuimos los hijos de la gran natalidad promovida por el régimen y la iglesia, con películas de Paco Martínez Soria o Pepe Isbert  (tenían su gracia, hay que decirlo) aunque a los pueblos apenas llegaba la tele ni el incipiente y gris aperturismo de los exiguos “planes de desarrollo”, con horteras de playa y suecas en Benidorm. En medio de aquella vorágine muchachil, la diversión se resolvía, con frecuencia, en una descarnada y frontal lucha de supervivencia.
Los juegos eran bruscos: desde “Mosca parió mi burra”, donde muchachones mayores saltaban sin compasión sobre la espalda de niños (niños-burra), con la clara intención de derribar y hacer daño. “El marro”, donde una cadena humana cerraba las calles al último náufrago con el único propósito de atraparlo y lincharlo a golpes y patadas. “Reliqui reliqui, si te pica que te piqui”, en el cuál la víctima que se la quedaba, era objeto de toda una secuencia de espuelas, culadas o derribos: “¡¡ La primera sin topal, la segunda culá que te junda, la tercera se da lo que se quiera, la cuarta culá que te parta, la quinta reliqui reliqui si te pica que te piqui, la sehta puñuh en cehta,!!” etc. Otra serie de juegos similares como “El corchu y la tapaera” o “A contrabandu”, completaban la agresividad ancestral transmitida de generación a generación.


Los roles entonces estaban todos perfectamente definidos. Mientras los niños se empleaban en rudezas varias, las niñas saltaban a la comba o cantaban, muy femeninas, canciones de corte amoroso y comprometedor: “¡¡Si piensa en fulanita, fulanita no lo quiere, y el pobre fulanito de pena se muere!!” Y el citado fulanito, “roju comu un berruecu”, la emprendía a patadas con las niñas cantoras en un sobrado alarde de supremacía varonil.

Por contra estaba la alternativa de algunos juegos digamos... unisex, claramente mal vistos por el ala dura de los muchachones más representativos del grupo.

En numerosos juegos rurales había un denominador común que era “la majá” (la majada), lugar de refugio de los participantes, que dejaba entrever el marcado origen pastoril de los juegos.
En “la majá” nos refugiábamos todos muy entusiasmados como lo hicieron  antaño los hijos de pastores y cabreros, o como lo hacen ahora los hijos de médicos o informáticos cada vez que les enseñas estos mismos juegos en campamentos o colegios. Hay cosas que son impermeables al tiempo, siempre y cuando tengamos la intención de preservarlas. Seguramente la industria del juguete y los grandes almacenes tengan una idea divergente y claramente interesada al respecto.



Me vienen a la memoria juegos especialmente entrañables como al corro de la patata ,pero, si tuviera que citar un juego recurrente y participativo de aquellas tardes ásperas y a la vez hermosas, ese sería, sin duda "Boti boti" (Bote botero); y no sólo por el juego, sino por el bote en sí y lo que éste representaba en aquella  Extremadura de palo y barril.



Encontrar un bote era tarea relativamente fácil. El bote de lata era todo un símbolo, un icono rural, polivalente y mísero, que lo mismo servía de azucarera o recipiente de legumbres, como depositario de bellotas y cebada..., o improvisada caja de herramientas oxidadas. El bote era algo, era alguien. No resultaba extraño ver a  niños por las calles pregonando botes nuevos como el que pregona lechugas.

El bote, en última instancia, era pasto de la calle. Lo buscabas para jugar a "Boti boti” y lo encontrabas allí, abollado, entre ortigas y cagadas de perro secas. Lo cogías con la emoción del argonauta que encuentra el vellocino, y lo mostrabas triunfante, pero, acto seguido, tu gozo en un pozo: aparecía siempre otro niño con un bote mejor que el tuyo, pues los botes brotaban del suelo por generación espontánea, al tiempo que destellaban rutilantes en los tejados, con los rayos del sol, junto a chimeneas y gatos secos.

El bote de la calle era un bote que había dado su carrera. Era echado del hogar como un hijo bastardo de lata al que no se quiere, y deambulaba por las calles de patada en patada, o atado al rabo de algún gato que corría despavorido.


El deterioro del bote te daba la medida de su bagaje callejero. Lo mismo se llevaba patadas en “Boti boti”, que de cualquier niño transeúnte, que, quizá, viendo al bote aún más débil que él (qué paradoja) le daba una patada más de tantas, cambiando la ubicación de su destierro, mientras el bote se vengaba, a la vez, despertando de siesta al propio y rudo campesino que lo echó a la calle, en un extraño y cerrado círculo de iras y resentimientos. Y así, de esta manera, íbamos sobreviviendo y dando carpetazo a unos años tan literarios y bellos como duros y difíciles, aunque, quizá, menos que los actuales, qué ironía.



Cuando las tardes y los juegos terminaban, el bote se quedaba en la calle, huérfano de corral, y los niños nos íbamos a casa entre olor de cabra y humo de chimenea, con la luz crepuscular colgada en los tejados.




JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS


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P.D.

Dicen de El...
 
Es un lector empedernido de autores que han demostrado una gran capacidad para erigirse en creadores del lenguaje, como Umbral o Cela, y de poetas tan originales como Quevedo o Aleixandre, también él mueve la pluma con soltura. Fruto de ello es, entre otros escritos,  “De un tiempo de pulgas y esperanza”, donde radiografía con emotivo hálito sus ruralizadas vivencias en el pueblo que le vio nacer, de las que extrae importantes reflexiones filosóficas y agudas críticas contra la modernidad de nuestros tiempos, donde el hombre, y más concretamente los jóvenes, son títeres de un mundo desnortado, autista e individualista, donde impera la sociedad de consumo.

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Yo personalmente le sigo y publicaré varios de sus interesantes relatos de tiempos pasados y vivencias en su pequeño pueblo Extremeño...

ESPERO QUE OS GUSTEN SUS RELATOS...

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miércoles, 25 de abril de 2018

la vieja Escuela...



AQUELLA ESCUELA DE ANTES...

En este mi empeño de retomar el pasado rebuscando entre mis recuerdos, abordo el tema de aquella escuela de antaño. Otra estampa en colores sepia de mi infancia, con sus luces y sombras, me lleva a rememorar mis propias vivencias entre aquellas viejas paredes con sus pupitres dispuestos al calor de aquella estufa de leña que parece aún esperarme.
A su llamada acudíamos sin falta, a pesar de inclemencias meteorológicas saltando charcos, subiendo cuestas y atravesando callejas; menos, confieso, algún que otro “ hacer novillos” que tuvieron justo castigo o cuando tocaba ayudar con las recolecciones que hasta ella paraba; nada de ponerse malos que para eso estaba el aceite de ricino, los purgantes o la kina.

Íbamos solos, pues ya no éramos parvulitos, con nuestra reglamental bata y debajo el eterno pantalón corto y camiseta imperio con algún que otro remiendo, a aquel grupo Escolar de dos pisos; en el primero, las chicas y en el segundo, los chicos que la enseñanza no era mixta, con amplios pasillos y clases. Tenía hasta misteriosos cuartos cerrados a calicanto reservados a las colonias estivales y un enorme patio trasero con grandes árboles, largos bancos de piedra a una parte, su fuente, dos rincones para los váteres y aquel cuadro de banderas a un lado donde formábamos tarareando ininteligibles canciones hasta que el director daba orden de desfilar para entrar.
Las aulas eran como ésta. Al fondo la mesa del maestro con aquel sacapuntas de manivela que devoraba los lápices y detrás la enorme pizarra con su fecha y consigna semanal, siempre llena de ejercicios, frases y cuentas ( ¡aquello si que era trabajar!); encima la cruz y fotos de Franco y José Antonio presidiendo. Amplios ventanales a través de los que ensoñaba y veía el patio. En la pared, parca en decoraciones, no faltaba el mapa de España que servía para sacarnos fotos cuando venía el retratista (seguro, que tú también la guardas) y como mesa teníamos aquellos antológicos pupitres dobles un poco inclinados y con su tapa que daba paso a un cajón donde guardábamos los pocos pertrechos escolares de entonces que llevábamos en un hato atado o con aquella cartera de cartón.


 Hasta tenían una repisa con agujeros para colocar los tinteros y hendiduras para dejar lapiceros, colores y goma que siempre acababan, como divertimento, rodando hasta caer al suelo. Aquí también me toco el cambio y si bien ya había bolígrafos que por cierto enseguida se despachurraban D. Miguel, que era de la vieja escuela, nos enseñó a escribir con plumilla y tinta. Otra experiencia más de la vida sobre todo cuando saltaba el borrón y ni el papel secante lo arreglaba (¡ya sabía lo que representaba sudar tinta! )
Nuestro único libro era la enciclopedia Dalmau que lo llevaba todo ( aún la conservo) hasta que aparecieron los primeros manuales por asignaturas Alvarez. Aquellas láminas Freixas para dibujar y los cuadernos de dos rayas, el plumier de madera y el sacapuntas de orquilla, los bolis de 10 colores y los cuadernos Rubio con inacabables cuentas y muestras…
Si las figuras del pueblo eran alcalde, médico, cura y maestro, éste, era, sin duda, el más querido y respetado aunque pasara más hambre que un ídem. No sé si era por eso o por el trueque imperante, que veía a mis padres pagarle sus desvelos y repasos con una gallina, fruta, unos huevos… Su palabra iba a misa y nada de mentiras que hasta pegaban En tiempos de la letra con sangre entra no te dolía Bueno, menos cuando empleaba aquella regla de madera de metro con la que nos atizaba en la palma de la mano. Picaba lo suyo y de nada nos servían trucos como el de untarnos con ajo pues en cuanto se lo olía la sesión acababa a pescozones

Y mucho peor era el eterno castigo de ponerte de rodillas en un rincón y con los brazos en cruz con libros y orejas de burro. Y no pasaba nada pues pobre de tú si en casa se enteraban. Cantábamos las tablas de multiplicar y citábamos listas de reyes godos, leíamos las vidas ejemplares … Cuando nos preguntaban, nos ponía en fila y si no sabías la respuesta ibas al final, a la repesca, con el miedo de saber que si volvías a fallar tocaba solfa. Éramos buenos y malos; unos pasaban y otros renunciaban o los sacaban de la escuela para ir a trabajar en el campo. Nadie iba por eso a un psicólogo o denunciaba. Monotonía tras los cristales de Machado que sólo se rompía con alguna que otra visita o solemnidad: Mes de mayo, llegada del inspector y muestra de trabajos y tablas gimnásticas, formación en la plaza del pueblo para recibir a tal o cual personaje... Y me viene a la memoria, como no, aquella leche en polvo de los americanos , el queso amarillo y las cajas de libros de regalo...

Recuerdo, con mucho cariño, a Don José con su mapa en relieve y murales y las aventuras que nos contaba dándole vueltas a la bola del mundo; siempre inventando actividades para que investigáramos. Y aquellas sesiones de filminas en las que me pedía poner voz. Llegué a ser de su confianza y me mandaba a la posada donde se alojaba a que le trajera el bocadillo o me encargaba de vigilar que a la estufa no le faltara leña
Lo mejor era, por supuesto, el tiempo del recreo con sus juegos, sin máquinas ni guión, de perseguirnos, saltar la comba; las cuatro esquinas, el churro va, rayuela…y el sempiterno fútbol con portería entre dos chaquetas o árboles Vuelvo a escuchar, otra vez el poeta, los cantos de viejas cadencias que los niños cantan cuando en corro juegan: el corro la patata, el patio de mi casa, el cocherito leré, que llueva que llueva..

Hora de salida y allá nos veías en estampida prestos a romper el silencio de las calles dejando triste y sola a la escuela Merienda a base de pan con aceite, Tulicrem o chocolate Montesión y nos desperdigábamos en ese mundo inseguro (¿cómo era posible?) por heras, río y vericuetos varios Entonces no había televisión o había que ir a casa de la vecina a verla, como mucho, hasta que salía lo de vamos a la cama que hay que descansar.
Debo, a aquella escuela, el hábito de leer. Me descubrió al libro como el amigo fiel a mis soledades y ensoñaciones. Vivir en un pueblo, en contacto directo con la naturaleza que otro tanto me enseñaría, fue una suerte. Ambos prepararían mi lanzamiento en lo que vendría. Volví, años después, para hacer mis prácticas de maestro entre aquellos muros y nuevos rostros. Resultó el feliz reencuentro y ánimo para mi faena futura.
¡Gracias, Escuela de la Vida!

Francisco Torralba Lopez


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P.D.

LIBROS PARA RECORDAR

 D. ANTONIO ÁLVAREZ

Antonio Álvarez escribió una enciclopedia que fue libro de texto de ocho millones de niños, de 1954 a 1966.
Don Antonio Álvarez era un joven maestro en Zamora, número dos de promoción, años cuarenta, que echaba en falta un buen libro de texto para sus pupilos. La materia se la sabía. Historia y lengua tenía. Le fallaba el método, a él y a todos los maestros de España en posguerra. Fue don Antonio el más rápido en descubrirlo: resúmenes y ejercicios. Se puso a ello. De cinco de la mañana a diez, 17 horas de trabajo rendido. La casa Elma de Zamora, luego Miñón en Valladolid, lo editaron: Enciclopedia Álvarez, intuitiva, sintética y práctica, primer, segundo y tercer grado e iniciación profesional. Fueron los libros de texto de ocho millones de niños en las escuelas patrias, del 54 al 66. Las ediciones se agotaban a la puerta de la imprenta, 80% del mercado. Fue también don Antonio el más hábil al hacerlo: "O decías lo que ellos querían o le encargaban a otro la tarea". Varios viajes a Madrid, añadiendo letra sobre la gloria del Alzamiento y el horror de la República. Los malos eran rojos y encarnadas las amapolas.

Curioso el personaje...


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miércoles, 18 de abril de 2018

oficios del ayer...


Oficios del ayer...

Parece que fue ayer…¿verdad?, la cantidad de personajes tan pintorescos que poblaban las calles de nuestros pueblos y ciudades de aquí para allá buscándose la vida...
Aquí van unos cuantos.

 como este colchonero que remata su colchón después de varearlo bien para cardar la lana...
 por cierto que 
recuerdo a la abuela de José Tacero la tía Alejandra en la Plazolilla de arriba haciéndolo...además también nos arreglaba los huesos y tendones...porque  hacía de fisioterapeuta en Cadalso...
 o el cobrador del autobús en Madrid...
o el sereno..
y el fotógrafo del Parque del Retiro...

 el guarda jurado de la Casa de Campo (1910)...

y los limpiabotas con clase , mirar el cartel...

 el guarda coches junto a Galerías Preciados...
El afilador

Quién no recuerda a lo lejos la voz del afilador con su armónica y su soniquete característico.
Vendedor ambulante
O tal vez este vendedor ambulante de cinturones y cachivaches de todas clases...

Puesto de golosinas
Lo niños corríamos a los puestos de golosinas y examinábamos hasta el último rincón buscando nuevos sabores...
El lechero
Aunque otros niños no tenían tiempo para estas cosas, como este lechero...
La estampita
o no tenían dinero para comprar nada y se quedaban mirando a ver si un milagro lo sacaba de la miseria...
El Barquillero
Había que tener ingenio para llamar la atención del producto y saber vender la mercancía… a eso lo llamaron después marketing...

El artista del latón
Y el último artista de la hojalata,el paraguero y lañador, no había cacharro en la casa que no tuviera remedio por muy mal que estuviese… pero bueno antiguamente duraban las cosas más que ahora...



Y muchos mas que en verano venían cada año a vender botijos con su querido borrico cargado o el de la miel y buen queso de la Alcarria, o la pavera para navidades,y tantos  y tantos puestos que montaban a diario en la Plaza Mayor , etc...,


A TODOS ELLOS NUESTRO QUERIDO HOMENAJE...

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lunes, 16 de abril de 2018

mi primer bici moto...

La Velosolex mitad bici mitad moto...

Esta es la curiosa historia de un producto emblemático de los años 60 y precursor de las actuales bicicletas eléctricas...



       en Cadalso por cierto teníamos cinco unidades...


Fue mi primer motocicleta que use  con 14 años hasta que le compré a José Nano  una  Mobylette  de  60 cm3 que  eso  era un cañón...

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VeloSolex un icono francés


Fueron dos franceses, Maurice Goudard y Marcel Mennensson, quienes en 1941 tuvieron la ocurrencia de incorporar sobre la rueda delantera de una bicicleta, un pequeño motor de dos tiempos de 38cc, que transmitiendo la potencia directamente al neumático por fricción, dió como resultado la VeloSolex.

Sin embargo no será hasta 1946 cuando este curioso artefacto se pone a disposición del público. En una época en la que las economías europeas padecían los efectos de la segunda guerra mundial, los ciudadanos de distintos países del continente sienten la necesidad de un medio de transporte económico y con los mínimos gastos de mantenimiento.

Sin duda, el éxito de la VeloSolex fue arrollador. Entre 1941 y 1981, se comercializan más de 5 millones de unidades en todos los rincones del planeta, llegando a los 8 millones en 1988. Se abrieron fábricas en Francia, Gran Bretaña, Alemania, Estados Unidos e incluso Japón y aparecen más de mil puntos de venta y mantenimiento por todo el mundo. En España, fue la firma Orbea quién la introdujo en 1957.


VeloSolex Orbea

En el año 1956 Orbea se pone en contacto con la empresa Solex Francesa para la fabricación bajo licencia de la VeloSolex 1100. La Dirección de Orbea se acerca a la planta de Solex situada en la ciudad de Courveboie cerca de París para visitar las instalaciones y cerrar el contrato. Son fechas complicadas, los conflictos laborales son habituales, de manera que  los representantes de Orbea son recibidos por los trabajadores de Solex con hostilidad en su entrada a la fábrica, incluso hay quien recibe algún escupitajo de un sindicalista dirigido a los que consideraban representantes del capital.

Una vez firmado el acuerdo no resulta nada sencillo poner a punto la fabricación del modelo 1100. Pasar del plano a la realidad exige un conocimiento y un dominio de procesos desconocidos en Orbea del año 1956. Resulta necesario pasar a través de Hendaya y por contrabando a través de los montes, algunas piezas significativas de muy difícil ejecución, como el motor y el cuadro de la bicicleta para ir avanzando poco a poco en la industrialización del ciclomotor...

Sin embargo no es posible la industrialización completa de la VeloSolex hasta que se desplaza a las instalaciones de Orbea Monsieur Wilson, un ingeniero francés de Solex que pone a punto la ingeniería y completa la formación de los técnicos para la fabricación en Eibar de modelo en 1957...

La VeloSolex se fabricó en Orbea desde 1957  hasta el año 1968, destacando los siguientes datos en cuanto a ventas:
En 1960 la facturación correspondiente a VeloSolex fue de 14.224.425 pts sobre un total de 82 millones de pts de facturación de Orbea, siendo el año 1963 el año record en cuanto a la facturación de VeloSolex que alcanzó la cifra de 23.999.918 pts sobre los 142 millones de facturación total, decayendo las ventas poco a poco hasta que el año 1967 el negocio VeloSolex registró unas ventas de tan sólo 5.906.873 pts de los 118 Millones del total de facturación de Orbea.

Las delegaciones de Málaga, Sevilla y Barcelona son las más activas en la publicidad y comunicación del ciclomotor. Bajo el slogan de “La bicicleta que camina sola” y “El ciclomotor más barato del mundo” se presentan las características de un producto innovador para la época y de consumo masivo.
Existen numerosos carteles publicitarios de la época entre los años 1957-1968, destacando por su diseño y creatividad los correspondientes a los años 1962-1963. Los registros sonoros de anuncios radiofónicos muestran el optimismo de este período. Con pegadizas melodías que presentan el ciclomotor a un precio de 3.995 pts del año 1963.

Consejos prácticos para el mantenimiento y la limpieza de los filtros, indicaciones técnicas en establecimientos de venta completan la información y la promoción del nuevo producto que consume 1litro cada 100 km...
velosolex2
En 1995 la VeloSolex intenta renacer en el continente europeo. La nueva fábrica, esta vez en Hungría, produce el modelo S-3.800, que permanece intacto en lo básico, pero conciertas mejoras en sus componentes y un aumento en sus prestaciones. Con un peso algo superior al original 28,6 kilogramos y un motor de 49,9 cc, permite alcanzar una velocidad de 35 km /hora con 0.8 CV de potencia. Pero no consigue recuperar el mercado perdido.

No es hasta el año 2004, cuando el CIBLE Group, la compañía francesa que compró la marca Solex de Magneti Marelli y el estudio de diseño Pininfarina trazan un plan para rescatar el concepto original que dió éxito al legendario ciclomotor, con el objetivo de relanzar una versión contemporánea.
Tras meses de colaboración sale al mercado el nuevo “e-solex” un ciclomotor que une el estilo clásico del Solex los más avanzados conceptos de estética, funcionalidad y eficiencia.



Esta actuación supone un ejemplo más de la apuesta Europea para poder competir con Diseño y Eficiencia al empuje de los productos chinos que nos inundan el mercado con productos de bajo coste...

QUE TIEMPOS LOS AÑOS 60...
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