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lunes, 16 de mayo de 2011

Aquellos artilugios y cachivaches de antes

Aquellos artilugios y cachivaches de antes...


Si en el articulico anterior venía a contarles sobre los cacharros de antes, allá en la cubierta, vaya como continuación de la faenica el charrarles de aquellos otros desperdigaos por la casa y que la abuela atesoraba. No son estos de la fotico que es amprá pero sí podrán hacerse a la idea del desván que les abro, Toda una colección de trastos ahora olvidaicos y arrinconaos, sencillo museo del ayer, que compartir con ustes quisiera.
Antes que na, les pediría el respeto que merecen. Toquisqui, reconozcamos, vamos, durante toda nuestra existencia, acumulando objetos que vamos sustituyendo por otros nuevos y que vamos guardando por si acaso, por ser un recuerdo, porque nos gustan o simplemente porque sí ¿No, galanes? Por otro lao, vienen a ser una retaila de cosicas, utensilios y herramientas de otra época que quedando engullías en el traqueteo de la vida habría que haberlas despachao ¿Pa qué seguir mareándolas?Al punto que frenas el impulso pues te sabe mal y te lo piensas y repiensas, Y en éstas, que entre el tira y afloja , al polvo de los añicos abandonamos convirtiéndose en piezas únicas con su valor histórico a exponer en nuestro particular museo etnográfico. Por cierto, ¿para cuando uno de estos en Chelva? Obvia decirles, que algún nombre habrá que se te escape lector entre esas palabricas de la tierra apegás al terreno y de otros tiempos. También ellas forman parte de esta caterva y van entre las primeras de la cuella: la de los amiguicos de las cosas de ayer aireando nuestra memoria.
Acabaico el preámbulo, les convido a dar una vueltica subiendo y bajando aquellas escaleras en los trajines de mi infancia, enseñándoles la pilica de objetos que aparecen en este particular recuento e inventario de aquellos artículos con sabor de antaño que unos dicen artilugios, otros, cachivaches pero ¡vaya si hicieron apaño y dieron vida a lo de antes!

Mientras busco la llave, aquélla de palmo y kilico entero, esperando que la tranca no esté echá, par abrirles la puerta, una rampá me lleva a rememorar tiempos pasaos cuando a más de uno vi aparecer. Como al Damiá trayendo aquella arradio de bujías y lámparas, hoy adorno floral de viejas épocas. Verme salir a escape a las voces de tratante o viajante de turno sea con cacerolas y pucheros, cambiábamos por aceite o las ultimas novedades recién traias de allá abajo, como la tabla de hacer papas o el muelle pal ajoaceite. Entre ires y venires de porcelaneros y quinquilleros, cuando no del tío Antonera o tener que recogerlos en correos u ordinario. Allá adentro esperan, más de uno con algún trenque; la mayoría achacosos, pero seguro que bien estiraicos que cierto es que lo suyo era el trueque , heredarlos o remendarlos, los pobres . Pero eso sí, na de fiarlos que eso de deberlos, ¡ a qué santo !

Traspaso el umbral y las dos hojas de la puerta pintan el paso del macho cargao una vez apartaica la cortinica de hierricos , la otra de tubicos pasó a la gloria Y te das con el lavadero de pilica y el propio pa lavarse, coger agua, refrescarse o darle al frijo, mejor con estropajo de cuerda y arena blanca . Claro que na más llegar, habrás dejado tapabocas y chaquetas en el colgador de tres patas rizadas palante e irás a coger sitio delante del logar en aquellas sillas de enea o bencejo. Ya sentaico, apartas el fuelle y tomas el albentador y el capazo de esparto como encendiendo aquel sacro fuego buscando la palica, tenazas y trébedes con los que arrimar los pucheros o plegar el mascorín o los tizones. Y oyes el fuera de catálogo reloj de la pared, sin cuco que eso era de ricos. Se hace la hora de comer y quieres ayudar a poner la mesa buscando el hule en el mueble yeyé de la tele teniendo cuidao de no tirar los mil recordatorios de otras tantas comuniones, bodas y bautizos que están en tengerengue. Y vuelves a topar con la cajica de membrillo reconvertida pa guardar hilos y ganchillos, las velicas y estampicas y el ataico de papelicos de bancos y facturas. Entonces, te fijas en los retraticos desperdigaos por los poyetes reconociendo rostros familiares congelados en escenas entrañables. Y suspiras…

Tras una segunda puerta, la cocinica con auténticos tesoros arqueológicos de anticuario. Al fondo del cuartico alacena, la mesica con su cajoncico central que era del abuelo y trajimos de la Mortera: dentro, pañicos de cocina y encima frutero de tres pisos. Aquí y allá entre las reprisas, vasos y cacharricos testigos de millones de ágapes familiares. Destaca la cacerola horno con su agujero en el centro que espera volver a cocinarnos otro memorable arroz al horno o tortá ni que fuese con aquella cocinica de botella azul que aunque robellá aún aguanta el tipo. Rebusco entre cucharas de palo el cañete pal vino, el abridor de botellas Stark Turia, la navajica, los cubiertos de la mili y hasta aquellos cuchillos mil veces afilaos. Descubro botellas de casera y sifón, tantas veces reutilizás y enjuagás; la fiambrera de dos pisos de latón; aquel colador de tela pa la malta; el pasador del arroz o lentejas y el molinillo aquel que girando girando pasaba el café. Sigue colgaica, la cestica de tapas pa las pasticas y el saco del pan ; o aquellos otros de merienda a cuadricos rojos. La lecherica con la que iba a repartir por las casas el ordeño diario, la bota del vino y la botija que aún está allí tan fresca. Llandas pa masar, la despensa mosquitera, orzicas pal sofrito u olivicas aliñás…

Corto pa darle al cerrojo, a dos manos, con el que abrir la siguiente puerta que da paso a la antigua cuadra, reconvertida en planta baja y almacén pa sin fin de cosas. Y claro, allí siguen muchos de los utensilios con los que padre y su macho trabajaron huertas y secano con el que traer el jornalico diario: El banco de las olivas, mantas, talegas y capazos; garrotes y cribas, corbellas, zoqueta y solfatadora. Aún destaca el antiguo pesebre con su atador de cuerno de cabra, colleras, varas de acarrear y aparejos. Apoyado a él, el trillo de Ahíllas y fajos de cordiles pa la siega junto al tarugo, maza y garbica de esparto aún esperando que alguien lo fasque . Vigilantes la soga de trillar, las varas de labrar y la romana que toa la contorná venía a amprar. La sarrieta con las cuatro herramientas de toa la vida que sigue junto al ato de talegas mil veces remendás. Y en éstas que al apartar el pozal y lebrillo metálicos , armo tal estruendo que rompe silencios y despiertan en mis oídos voces de aquellos tiempos. Me vuelvo a alelar ensoñando antiguas andanzas donde los chapoteos de un crío se convierten en un chiquillo buscando caracoles, dar vueltas en la hera, enconderse en la paja y enredarse con tanta cuerda. Aparecía mi padre enseñándome su real uso, a como sudar con ellas y así llegar a quererlas. Y me acongojo…

To sentio que doy un brinco y me enfilo escaleras arriba, viniéndome a dar con el sillón de mimbre y la mecedora que tapan el braserito pa debajo la mesa y la estufa infrarrojos La cantarera, la maquina de coser y la vieja tele Philips , parecen trasladarnos a los 70. La alacena llena de tazas, vasos y adornicos y en los cajones mantelerías, caminicos de mesa y peucos, parecen llevarnos al mercadillo del rastro. Entro al dormitorio donde siguen aquellos muebles antológicos, la palancanera, el interruptor de pera y despertador clásico . En el aparador descubro la bolsa de agua caliente, manteles y ropa de cama primorosamente bordados, los colgantes y joyas. El sempiterno orinal, la lámpara de cristales, las palmatorias y jaculatorias, cuadros y fotos de novios…

Y en las habitaciones aún vestigios de mis recuerdos: juegos Geyper, galdufa Mecano y guitarrica; el juego Rotring y escuadras, la máquina de escribir Oliveti, plumillas y tinta. Legajos con dibujos y libretas de otro siglo, libricos de bolsillo y novelas de ciencia ficcion y Marcial Lafuente Estefanía. Botas de mili, colecciones de chapas y cromos Viejos posters del che, primeras elecciones y grupos ye ye . El viejo radiocassette Sanyo compraico en Andorra con un puñao de casetes con títulos como: Perdon cariño mío, los días del arco iris, los chicos con las chicas… Y tarareo

El tañir de las campanas, cortan el momento y grito un ya voy, madre en un despertar de un sueño. Bajo las escaleras de un brinco, pero no la veo así que me digo que se habrá ido a misa mayor. No puede ser pues allí está su velo y silleta lo que me hace volver a pisar tierra. Es cuando me doy cuenta de lo mucho que echo de menos aquellas manos que les daban vida y con todas aquellas cosas aguardo su vuelta

Y doy por terminao este reencuento con aquellos cacharricos, compañeros de viaje de la vida, insistiéndoles en abrirnos a ellos pues que a la chita callando, oyendo sus historias que son las de todos , sólo piden que nos paremos a escucharles pues no quieren que la nave del olvido los engulla antes de reinvindicar la memoria de los que se fueron. Seguro que la lista es incompleta pero sirva el sólo nombrarlos para que cada cual se monte la propia. Lo mío fue provocar el viaje que como dice el filósofo Gottfried Wilhelm : "La experiencia del mundo no consiste en el número de cosas que se han visto, sino en el número de cosas sobre las que se ha reflexionado con fruto”.

Francisco Torralba Lopez

martes, 1 de febrero de 2011

Aquellos cacharros de entonces...

AQUELLOS CACHARROS DE ENTONCES...

He subido otra vez al desván y allá que siguen, aunque ahora abandonados y malheridos, aquellos enseres que dieron vueltas alrededor de mi infancia. Son vestigios de tiempos pasados que los anticuarios para sí quisieran; valiosas piezas para nuestro particular museo del recuerdo que invitarles a repasarlo quisiera.


Metidos en faena,tomé unos cuantos con los que hacer el retrato con que ilustrarles el artículo evitando el “copyright” al no encontrar foto antigua alguna por mucho que rebuscara en los cajones de la abuela Vicenta. Y aquí lo traigo, en tonos grises, como está mandado, que el color ya lo pondremos nosotros con nuestra memoria histórica
¡Que gozo da volver a juntarnos! Ni el polvo ni las telarañas estorban estas sanas sensaciones en el reencuentro que al palparlos me llevan a otra época oyendo de nuevo el ir y venir en sus mil y unas tareas.
Sabedor que hay tema para largo y la redacción exige sea escueto, espero se sientan pagados con sólo nombrarlos y sirvan de acicate a sus comentarios de mejor tino. Advierto de la retahíla de vocablos viejos, ya en desuso, por lo que la lección será también de léxico. Sea mi aportación al aparador del ayer, éste, nuestro muy particular rastro de cacharros de antaño ¿Me acompañan, amigos lectores?
En una primera tanda: los destellos del candíl de la casa de barro , sin luz, de Ahillas ya derruida, el carburo de cuando el abuelo era maderero, el farol de procesiones y novenas; los pucheros de barro de la tatarabuela El cucharón con que mi madre removía las tajás en esa la sartén del matapuerco. Los cepos pa pajaricos, ratones y conejos de mi banda. Aquella la mejor criba con la que mi padre trillaba la valiosa alfalfa como imitando a los buscadores de oro. La collera y albarda del macho…

Y lo primero es reconocer que les habéis sobrevivido. Sin garantías, muchas veces ampraos, con más de un trenque y remiendo pero testigos mudos, en suma, de sus vidas para que tantos raticos no caigan en el saco roto del olvido y que todas esas nuevas cuellas de jóvenes sepan que más que cacharrería fueron afiladas herramientas que ayudaron a apañarnos, ea, la vida.

Aquí y allá, abundan los aperos de labranza ; fueron tiempos, te repito, de vivir de la tierra el jornalico y cuatro animalicos. Capítulo aparte merecen, pero citaré unos cuantos: la orca, la pala y los ganchos; cedazos, cribas y ganchos; la alportadera, el forcachet, sogas, varas y aladro. Más y más recipientes que salen al paso: los garrafones de cristal y las garrafas forrás de enea, mimbre o esparto; los pellejos de ir y venir a los cubos y la esportillá botija de dos asas; los calderos y juegos de lebrillos donde escaldaban y sazonaban carnes, meneaban embutidos, cocían morcillas o se almacenaban granos; orzas echando de menos su embutido de la jarra…
Mención aparte: la artesa con sus mandiles, tabla y rodilla que todavía huele a horno y pasticas. Colmenas de corcho y artículos de apicultura del abuelo Francisco cuyos zumbidos aficionarían a mi hermano Cristóbal. La maleta de cartón que aún espera el chirriar de trenes correo y migraciones y aquella mecedora que revive mis balanceos infantiles. La arroba a a la que ponía el plato pa los escurrines cuando abocaban el aceite y aquella jarra gigantesca en la que lo trabucaban y se iban almacenaba las parás. La barchilla testigo mudo de pagos alquileres y riegos y lo que queda del juego de cestas, canastos y canastas: La de dos asas pal horno, la peqeñica pa ir de merienda o siembra , la de mudar toa blanca, la de tapas y la de batalla.
Y especialmente, aquel barreño de hojalata donde de crío chapoteaba al solecico del descubierto y aromas de Heno de Pravia.
Colgados por ahí: las vara de toro de cuando mi padre era tratante por esos pueblos y aquellos garroticos de ligonero que aún le esperan pa ir a la oliva; la mochila con su estufador pa sulfatar, jaulas que servían tanto pa replegar nidos como caracoles. Capazos de esparto y el moderno de goma o el banasto en los que plegué millones de cuquillanas, serranas y billalongas olivas o sacaba zuros, estiércol, paja o farfollas. Toda una colección de paellas y sartenes que recuerdan a días de subir al Remedio o celebraciones en el río, gazpachos, fritás y juergas .Talega con las iniciales JT de mi padre y aquel hierro con el que se marcaban a fuego, o mejunje, sacos y animales. Un atao de esparto esperando todavía fascarlo o servir de atadura a tomates y pebreras. A sus pies, el tarugo y maza pa picarlo y que apaño hacía pa cortar huesos y carnes con su achuz de mango mil veces mudado al lado.

En un rincón y amontonaos: La vieja arradio (me parece como si fuera ayer que la traía el Damiá a casa) con su inseparable transformador (lo que pesa el trasto) en la que, no resistiendo la tentación, intento pillar emisora. El tocadiscos y magnetófono hecho ziscos de tanto guateque y el cassette que con tanto esfuerzo conseguí pasar por la frontera andorrana. Mis botas Segarra, camisa caqui y gorra de mis años de mili. La memorable cocinica de camping gas con su bombona azul que aún aguarda las manos de la Tenta para ponerla en marcha.
Rebuscando entre cajas y banastos, topo con la carrucha que iba con nosotros tras cada mudanza, una reata de cables y bencejos entre los que descubro aquel interruptor de pera que colgaba de mi cama y el clásico despertador al que le doy cuerda volviendo a escuchar su seco tic tac de mis terrores nocturnos infantiles. En una bolsa descolorida en la que descubro el logo galerías Preciados: la dinamo y el maletín con los arreos pa arreglar pinchazos de la bici y en una caja en la que se lee General Electric Española ( nuestra primera tele, madre mía) el casco y gafas de la moto Montesa. De un básquet, ya falto de tablillas, un rosario de cosas: la recia llave de la puerta de dos hojas, aquella de madera del huertico y la de mi candao en el cuartel; la aldaba y tranca; el collar de cascabeles y cencerro , trastos de esquilar, cuerno y zurrón con los que padre de bien jovencico hizo de pastor.

Y en unas cajas de membrillo, los tesoros de mi años de chiquillo y mocico: restos de mis colecciones de chapas, la cadena con su cruz nacarada que colgaba de mi traje gris de la comunión. Álbum de cromos Vida y Color y varios discos Mirinda. El plumier de madera con plumillas y papel secante. Libretas con su caligrafía, dictados y consigna diarias. La memorable enciclopedia Dalmau, un TBO y un Roberto Alcazar , dos Pumbys y Jabatos y varios Hazañas Bélicas y capitán Trueno. Varios soldadicos y vaqueros de plástico y chiquiquicos de los que me salían en los sobres sorpresa de las tramuceras. Postales adolescentes y pliego de cartas con sellos de Franco. Novelas de Marcial Lafuente y libricos de bolsillo. Diploma del catecismo, de la OJE y de la Acción Católica. Varios banderines y caliches raros, billetes de cuando la guerra y monedas de chavo, dos reales, francos, liras y pesetas ( ¡hasta una de papel!) . Lo que fueran entradas de toros, cine y aleluyas que sirvieron como marcadores a mis primeras lecturas.
Me adentro en el salador donde sobresale unas puntas de caña: el cañizo en el que se extendía la matanza y era mesa donde extender los productos a secar o las simientes. A su vera, la cantarera y palancana y debajo, protegidos por una manta a cuadros testigo de pajar, fríos y guerras, la embutidora con un atillo que intuyo será la capoladora con sus cuchillas y embudicos listas pa picar y fabricar aquel sofrito que alimentaba cada casa. Y al lao, el arca, aquel baúl en el que se guardaban mil trapos. Emocionado la abro y doy con trajes y ropajes: aquel jersecico que me tejió mi prima Esco con su máquina Troter, el chaleco del abuelo, mi pantalón Quenk, los calzoncillos largos y camisetas de felpa. La cazadora con su parches en los codos, el cojín y los caminicos de mesa con las iniciales VL con las que bordaba. Los peucos de ganchillo, un sobrepelliz de cuando era monaguillo, velos, chaqueta de pana, boina, tapabocas. Un tres cuartos militar, el vestido negro de la boda de mis padres, los manguitos y delantales….

Echo en falta, otros que ya no veo. Desaparecieron comidos por la polilla, mal vendios al comprador del bando, disfrutaos a los sones de la Tarara y San Antón, tiraos al barranco o quemaos en el descubierto ¡También nos acordamos de ellos!
Eran aquellos cachivaches y trastos viejos que bien merecen éste su homenaje y todo el respeto. Vale, como dice Robert Fripp, que cuando transcurre el tiempo cada cosa tiene su momento y que nuevas cosas acontecen mientras las cosas anteriores envejecen. Añado que en éste sinvivir del día a día que con tanta ansia hace del futuro presente y al minuto, lo convierte en pretérito, todo y todos nos hacemos viejos. ¡Recuerden! Vale que disfrutemos del momento pero no olvidemos a las cosas que antes nos ayudaron ¿Hace?

Francisco Torralba Lopez

jueves, 27 de enero de 2011

Aquellos hechos que nos marcaron...

Aquellos hechos que nos marcaron....




Los que contamos medio siglo, o más, a las espaldas, somos hijos de un tiempo y de una tierra de sabor hoy rancio y tonos sepia, pero no por menos válida y que merece la pena revindicar; vástagos de unos hechos que nos encaminaron hacia la vida. Lo que sigue es el recordatorio de unos cuantos ¡Ojalá sirvan de acicate para que añadan los suyos propios!

Pasamos una infancia teniendo como patio y escuela la calle, entonces llena de vida y sana confraternización, que bien nos espabiló. Allí, fuimos elegidos para jugar, o no, pero por mucho que fueran las pedradas siempre se olvidaban pues lo nuestro era no estar solos nunca que eso, sí que era un trauma. Nuestras carestías, entre remiendos y cosas heredadas, las suplíamos con el gran poder de la imaginación montando huertos y cabañas; jugar al aro, chapas, tejo, churro va y cine de dibujos; espada de madera a la grupa de una escoba y sombrero hecho con retal de periódico... Rebosábamos ilusión y nuestras ensoñaciones eran luchar por un mañana mejor, esperando a unos Reyes que siempre traían el caballito-muñeca o el juego de carpintero-cocina y gracias, a los sones de vamos a contar mentiras, veo veo, tengo una muñeca vestida de azul y corro de la patata Distraíamos nuestra impaciencia con cualquier cosa entre tebeos y colección de cromos; eso, cuando las obligaciones nos dejaban que ya desde chiquitines también nos tocaría trabajar en el campo, cuidar de los animales de la casa y hacer mil y un recados.
Desde la escuela, formamos al son de canciones de marcha militar, regla del enseñante, que la letra con sangre mejor entraba, las consignas en la pizarra y las vidas ejemplares. La enciclopedia Alvarez o Dalmau, plumier de madera y tintero, las diapositivas, la bata, caligrafía y Formación del Espíritu Nacional, estufa leña, separación de niños y niñas… Con todo, agradecidos de salir del analfabetismo que nos rondaba y aunque fuera para pasar más hambre que un maestro. El hoy rey deporte era sólo darle a la pelota en cualquier descampado, saltar la comba o las tablas gimnásticas
Aquietamos nuestra adolescencia yendo a casa de la vecina a ver la tele con aquellas interferencias y carta de ajuste, al Teleclub , Hogar Parroquial, OJE… esperando tiempos estivales que se convertían en un gran verano azul con la llegada de veraneantes, bañarnos en el río, fiestas locales y de los pueblos vecinos o la llegada de algún circo o espectáculo ambulante Como quiera que la Educación Sexual fue nuestra asignatura pendiente, la inocencia y descubrimiento serían nuestros pecados de juventud donde triunfó el destape de Landa y Pajares, entre risas de paletos a lo Martínez Soria y maldiciones a los cortes de la inevitable censura. Estudiar era un lujo reservado para unos pocos y te obligaba a marchar fuera y pasar reválidas; con suerte y sacrificios nos quedaban las clases de la noche, academias o conseguir beca de Universidades Laborales .
Ya jóvenes de los 70 y 80, fuimos testigos de la aparición del vaquero, bikini o minifalda y los primeros en enfundarnos pantalones campana, marcando, brillantina y flequillo para ir a la disco, verbenas y guateques en una fiebre del sábado noche, entre aquellos memorables conjuntos, discos de vinilo, magnetófonos y casetes. Tarareábamos aquellas letras con un guau guau que ni entendíamos y emulando a nuestros ídolos nos dejábamos la melena para ir a fardar al cine a la fresca o a los futbolines gastando las cuatro pesetas en la gramola, máquinas pin ball y marcianos y la cajetilla de tabaco negro que entonces, el fumar molaba ..Década prodigiosa e intentos por volar del nido para buscarse el camino. Soplaban aires de jipíes y contestatarios que nos llevarían a leer textos prohibidos, sesiones de Cineclub con subtítulos, escuchar Radio Andorra y participar de la canción protesta corriendo delante de los “grises”. Participamos del renacer de la política y también aquí fuimos los aprendices de turno. De repente, entrábamos en quintas y a la mili nos llevaron para hacernos hombres según decían.


A nuestro alrededor, iba girando la historia marcada por La Guerra Civil y Posguerra, que aún se respiraba, cruces de los caídos y franquismo, Radio Andorra y el diario hablado de las dos y media; la copla y los ritmos de fuera, la señorita Francis y radionovelas, los episodios nacionales y los discos dedicados; el nodo y los diarios del movimiento, la Codorniz y el Caso. Acontecimientos como la bomba de Palomares y llegada a la Luna, Vietnam y Guinea española, Kissinguer y el Che, el Lute y Castro; Guerra fría y la de los 6 días, Muro de Berlín y África que empezaba en los Pirineos; Gibraltar español, OTAN sí y no, Primavera de Praga, Mayo del 68; primeras elecciones y Transición a los toques de Libertad sin Ira.
Todo esto, y mucho más, conforma el guión de este particular Cuéntame que cada cual relatará a su manera añadiendo otros detalles que guardamos en la memoria. Como el telefonear a través de la vecina y la centralita, o cuando salir en la tele era la monda. Aquellos, un millón para el mejor, pequeño ruiseñor y reina por un día cuando la realidad era muy distinta. Ver como la policía iba cambiando de uniforme y métodos entre alguaciles y serenos. Tirar de la leche de los americanos, condensada y en polvo, matacerdo y lentejas. Poder contar lo que eran el candil, plancha de brasas, molinillo, el papel de calco y estraza, la máquina de escribir, platos y cacharros de porcelana, sillas de enea y hule en la mesa… Cantar canciones con estribillos que han perdurado hasta hoy, verbena a verbena. Ser inmigrantes, entre planes de desarrollo, que nos trajo a las ciudades costeras tras el gran invento del turismo. Vestir con la camiseta imperio, las enaguas, boina y pana. El hablar de usted y tener respeto a todo el mundo. El no saber de colas que cada uno sabía su sitio entre palcos y plateas, sol y sombra, rombos en la tele y listas de pecados o censuras Viajar en tranvías y trolebuses , aquellos asientos de madera de un tren que nunca llegaba y el zarandeo de aquellos autobuses con la baca repleta por carreteras plagadas de curvas. Explicar marcas antológicas como derbi, 600, Vespa, .Gordini, R-8, Pegaso… Aprender hasta latín entre tanta misa y acción católica. Aquellas impaciencias esperando al cartero y las noticias de los seres queridos que al final siempre eran las cuatro letras: bien, gracias a Dios…

En general, sería una época de esfuerzos pues había que ganársela con el sudor de tu frente; de arreglarlo todo para que durara; de reconfortarse con el siempre hay alguien peor; de trueque y estraperlo y guardar para mañana; que por la regla de tres, todo se solucionaba. Unas fechas de miedo al que dirán, y leyes represivas en las que hasta las alegrías eran en blanco y negro con máximas como: Dios proveerá, en la guerra sí que pasamos hambre, toda la vida ha sido así… que al final nos conduciría a luchar, de verdad, por un futuro que hoy es nuestro presente y riqueza ¡Cabe refrescar sus lecciones y pasar el testigo a las generaciones venideras!


Francisco Torralba Lopez