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martes, 29 de noviembre de 2016

escribe una carta...

Las cartas de antes…



Recuerdo como antes, en vísperas de año nuevo, siempre recibíamos en nuestro buzón tarjetas de felicitaciones, todas escritas a mano; parientes, amigos y hasta el Corte Inglés nos felicitaba y aun ahora  lo sigue haciendo, pero hoy, basta con leer unas pocas líneas que llegaron a la bandeja de entrada del correo electrónico, escritas en una fuente genérica dada por un ordenador...




¿Hace cuánto tiempo que el cartero no toca a tu puerta para entregar un sobre, que no sea precisamente una cuenta que pagar, sino más bien uno que lleve en su interior la carta de un viejo amigo de quien hace mucho no tenías noticias? O, ¿por qué no?, de algún antiguo amor. Peor aún, ¿desde cuándo  no tomas papel y lápiz y redactas  una carta?



Hasta avanzados los 90 la gente aún conservaba la costumbre de enviarse cartas, postales y tarjetas desde remotos lugares o como simple muestra de afecto. Pero con el cambio de milenio, el auge de Internet trajo de la mano la masificación del correo electrónico y, luego de la mensajería instantánea, plataformas que redujeron esas grandes historias escritas a mano y pequeños detalles a piezas de colección. Aun así, todavía persisten quienes burlan los designios de la era digital y siguen aferrándose a las sutilezas de la caligrafía.






 Así podría empezar una de aquellas cartas:


“Querido tío Carlos , desde las hermosas playas del norte te envío estas letras para que sepas que estamos bien, dentro de todo lo malo que esta pasando en el mundo. Te cuento que la tía Ofelia, sigue con su mal hábito de comerse siempre las uñas a pesar de todas  nuestras recomendaciones.etc “….


Y así eran hace años las cartas escritas a mano de un familiar o amigo a otro, eran mensajes especiales, diferentes a los de ahora, muy personales. Una Carta escrita a mano y enviada por correo era muy esperada, tenía una sensación única desde el momento se veía el sobre en la que iba la correspondencia hasta enterarse de su contenido…


Y si de las ventajas hablamos, el despertar cierta sensibilidad era su condición muy especial, cariñosa en sus términos de saludo y despedida es lo que podría destacarse, pero nada mas. Sus otras desventajas respecto a la comunicación actual parecen ser mas numerosas como ser mas caras su envío y tardar mas tiempo en llegar a su destino, mas engorroso era buscar sobres, sellos, etc.,etc., y a veces se perdían en el camino y uno no se enteraba de su contenido… 


Para remitir una carta escrita, además se tenía que saber más detalles (apellidos, calle, piso, código postal) de quien al que se dirigía la correspondencia y después a veces no todo el mundo entendía tu letra. ¿Hoy en día habrá quien escriba una carta?, seguro que hay alguna que otra persona, sobre todo gente mayor que no logra ni entiende o están alejados de la tecnología.


Ya está pasado de moda escribir una carta o postal a mano y los pobres servicios postales pasan su día vacíos, es mucho mas rápido ahora comunicarse electrónicamente.

Mandar un e-mail es muy fácil y sencillo, su velocidad de envío es  prácticamente en unos segundos y es monstruosamente más ventajoso con respecto a las cartas. Hoy gracias a Internet y a los móviles , lo sabemos todo en un dos por tres...


Algunos muy nostálgicos dirán, antes en las cartas la gente se preocupaba mas por transmitir una idea bien puesta. Hoy en día los mensajes dejan que desear, sin contenido ni emoción, palabras y palabras frías y encima mal escritas. A ninguno de los  mozalbetes le importa el buen decir , que pena…



Antes "eran cartas con borrones, con manchas de supuestas lágrimas, letra temblorosa y quebrada. Nada era instantáneo. Una carta escrita a máquina se consideraba falta de educación. Y existía toda una infraestructura especial: el papel de carta, el lápiz, el palillero y el plumín … 
 


Pero hay quienes sostienen el que hacer distinciones entre lo que se gana o se pierde con la evolución de lo manuscrito a lo digital es, a la larga, totalmente irrelevante..., y así pues dejemos el tema y recordar que seguro tenéis algún amigo o ser querido que desearía ver llegar una carta manuscrita a su hogar y sobre-cargarse de emoción.., ahora es el momento porque vienen unas fechas que lo piden y al menos mandaremos la de los Reyes Magos...


c.a.g.
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sábado, 21 de diciembre de 2013

cartas al blog....



NUEVO Y VIEJO AÑO NEVADO

       Recuerdo que aquella nochevieja nevó sin parar. El año nuevo nos sorprendió, incluso a los más trasnochadores que salían ojerosos de los locales de copas y sueños, con una mañana radiante y luminosa. Toda blanca e inmaculada, como recién salida de la fábrica de días hermosos. Cuando nieva y después sale el sol la vida aparece con un resplandor mágico, primoroso y encantador. Es como si las miserias de la existencia fuesen cubiertas por un bello manto de armiño y ternura. Pendían de la frente de la musa, que coloqué el último verano en mi jardín, finísimos y tiernos carámbanos helados que cuando el sol hacía diana en ellos desprendían destellos brillantes, parecidos a aquellos rayos del sol que recogíamos de niños con un espejo y los estrellábamos contra los ojos de la chica que nos gustaba. Por sobre mi ofuscada mente se elevaron conmovedoras, confundiéndose con el acompasado ritmo de las gotas que se descolgaban de la nieve fundida, las notas del Concierto de Año Nuevo que desde Viena llegan cada primero de enero para hacerme creer, un año más, igual que el pasado, idéntico que el anterior y el anterior del anterior, que todo es a estrenar como el año que comienza, que yo también cobijo viejas esperanzas en algo favorable que habita en un porvenir que desconozco. Aunque en el fondo albergo una especie de presentimiento que me dice que es repetido y antiguo, que yo ya pasé antes por días así, que esto me parece vivido y que no hay nada diferente bajo este sol maravilloso y sobre esta nieve deslumbrante que, sin embargo, me invitan a respirar apasionadamente durante los días que le restan a mi pequeña vida. Y es que la mañana se ofrece a recorrerla, a sentirla, a saborearla, a sembrarla de bellos recuerdos para el futuro.

     Me encaminé con mis hijos al cementerio (los que allí moran también tienen derecho al nuevo año aunque sólo sea en nuestra memoria), fuimos pisando la nieve virgen que crujía suavemente como la cuna de un niño cuando éste se gira sobre sí mismo.
Me acerqué a un anciano que miraba emocionado la tumba de su hijo: "-Ya ves -me dijo-, quién le iba a decir a él que hoy permanecería aquí. Estaba en la viña una tarde como tantas otras del último otoño, cuando ya ni siquiera cuelgan las hojas secas de los sarmientos rojizos, y cayó fulminado por algo extraño. Parecido a lo sucedido a tu padre". Mientras hablaba, aquel hombre quitaba parsimonioso la nieve de la lápida con una escoba de las de siempre, sin mando a distancia ni nada parecido. "-En realidad -prosiguió- no sé por qué retiro la nieve, si la mañana sigue soleada pronto se derretirá". Eso mismo -medité- pensaba Edward Grieg al componer La Mañana de su Peer Gynt y, no obstante, no se derritió, se heló para siempre en nuestros corazones.
El sol jugueteaba a través de las nubes y en aquel momento no llegaba diáfano ante la nieve de las vallas. Hacía relucir, en cambio, sobre la cruz que preside la tumba, un trozo que permanecía  indeciso entre el gris y el blanco y que al final acabó siendo agua formando sobre la tierra un charco de amor. "-Vámonos, ya hacemos poco aquí. Dejémosles descansar tranquilos". Salimos juntos andando despacito sobre un silencio conmovedor y me hablaba de otros años nuevos que a mí, en ese momento especial y derrotado por el destino, me parecían todos muy viejos y tristes. "-Nevaba -explicaba- y hacía mucho más frío que hoy y cantábamos villancicos (“Madre en la puerta hay un niño…”) ateridos pero felices por las calles heladas de Cadalso". Posiblemente, nunca se sabe, también puede que hiciera más amor que ahora, ¿verdad abuelo? Nos despedimos en el cruce. Cada uno tomó el camino melancólico que conducía a su casa y a sus pensamientos; él avanzaba dignamente ayudándose de su cayado y con la gorra ligeramente ladeada.
Le vi abatido alejarse, desvaneciéndose ante mis ojos. Aquel hombre me conmovió profundamente hasta las lágrimas. Noté en ese instante que mis pies los tenía congelados como cuando era niño pero no reparaba en ello. Ahora, a veces, me calzo zapatos livianos en invierno para volver a sentir la placentera sensación del frío de mi niñez. En la cuneta, unos chiquillos alegres construían un triste y extravagante muñeco de nieve y, buscando ocultar sus lágrimas, supongo, le colocaron unas gafas de sol en las que se reflejaban sobre sus cristales obscuros los árboles nevados y las miradas de quienes le observábamos. "Todo avanza deprisa y tenemos muy poco tiempo ante nosotros...", lamentaba la inscripción que alguien rotuló en un cartón y colgó del cuello del monigote que lo tenía abrigado con una bufanda roja y raída de lana. Aquel mensaje parecía ser el ligero y postrer soplo de su vida.



     Un atardecer caluroso de verano, de esos que disimulan muy mal las noticias tristes, de esos que parece que al final acabará todo licuándose sin remisión, llevaron a aquel hombre a reposar junto a su hijo. Yo no dije nada cuando me lo comentaron. En silencio admiré su poética ternura y su noble porte. El sol llameaba aquella tarde de distinta manera a como lo hacía la mañana de año nuevo que pasé junto a él. Sabía que le echaría de menos al pasar por el cementerio el primer día del año, lustro, década, siglo, milenio o lo que leches sea; eso sí, nuevo, como él lo llamaba, o viejo como pensaba -y pienso- yo. Pero no dije nada para no dejarme descorazonar, sólo hice acopio de sueños que evitarán enfriarme en Navidad. Dicen que suele ser muy cruda para aquellos que no tienen recuerdos cálidos con los que arropar sus sueños.

                                        Miguel MORENO GONZÁLEZ   

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martes, 12 de marzo de 2013

Cartas al blog....




INVASIÓN DE PARAGUAS Y SETAS SOBRE LA CIUDAD


Existe un raro placer en observar paciente los días de lluvia desde la ventana, con los cristales empañados por el calor reinante en la estancia que ocupas y oyendo las caricias del crepitar del agua sobre el tejado y los latidos melancólicos del corazón. 

No obstante, si el día lluvioso acontece en la ciudad y a uno se le ocurre bajar a la calle para empaparse de agua y de vida, entonces observarás con desconsolada irritación como ese encanto salta hecho pedazos por mor de la dictadura paraguil
 
Tropezarás con miles de personas desaforadas y nerviosas, cuan endriagos quijotescos, surcando calles que no van a ninguna parte y al grito de: “¡Mi reino por un paraguas!”, arrasan inmisericordes con sus pertrechos paragueros y a paraguazo limpio con todo lo que encuentran a su paso (incluidas personas inocentes y poetas ensimismados) sin piedad ni miramiento alguno. Paraguas de dimensiones descomunales con colores intimidatorios y sistemas retardados de aperturas homicidas. 

Utensilios éstos que se te introducen en el pabellón auditivo externo, en la membrana pituitaria del apéndice nasal, en las papilas gustativas del paladar, en los ojos de ver o, si te descuidas, según los sacuden o los sujetan del indómito ventarrón, en el valioso aparato disfrutador (“¿disfrutas, cariño..?”). Toman al asalto autobuses y estaciones de metro e invaden las aceras más protegidas mandando a los sin-paraguas a la cruel intemperie de la calzada, mientras con aire arrogante de perdonavidas te miran blandiendo desafiantes el arrojadizo adminículo señalando directo a tu cabeza: “Te daba así...”



Es extraño esto de la lluvia. En época de sequía la gente está compungida, dominada por el temor a los hipotéticos cortes de agua y el fin de la Naturaleza y la vida. Es entonces cuando los diferentes países que componen lo que antes conocíamos como España, se disputan acaloradamente el escaso líquido elemento. Y cosa digna de observar es como se arrojan reproches a la cara así procedieran de una potente manguera que en vez de agua escupiera improperios. Todo el mundo clama, se rasga las vestiduras, se mesa los cabellos y extiende los brazos al cielo implorando a no sé qué género de sortilegios o milagros en forma de lluvia que palien lo precario de la atmósfera y sus estados anímicos próximos a la esquizofrenia de atar. Ya más tranquilos, se me antoja que un riguroso estudio sociológico confeccionado por sesudos sociólogos no estaría de más en este tema.



En cambio hete aquí que cuando llegan las lluvias vemos con espanto que no estábamos preparados para ellas; que las casas se llenan de goteras, las urbanizaciones se anegan, los ríos se desbordan provocando desastres que la sequía, mucho más prudente y sosegada, jamás originaría y los pantanos acaban, al fin, desaguando miles de metros cúbicos de agua por segundo para evitar riadas que sumirían zonas enteras en la desgracia. Se olvidan en esas ocasiones de acometer las obras pendientes de esos trasvases que hace sólo unos días resultaban ineludibles realizar y que ahora nadie recuerda pero que si se hicieran en temporadas lluviosas no provocarían encono, más bien parabienes, entre los distintos jerarcas que dominan con verbo sofista sus respectivos países; éstos, antiguamente, repito, comprendidos dentro de España. Humilde nombre tocado con eñe y que a muchos provoca sonrojo, tartamudeo y visible malestar. 



Retorno al principio. Creo que infinitamente peor que lo anteriormente descrito es la invasión de la ciudad por seres con pinta de setas de colores que sin recato ni pudor la pasan por las armas paragueras. Son los mismos que no ha mucho elevaban los brazos implorando unas gotas de agua que lavaran y aliviaran sus conciencias y que hoy se hallan ya redimidos de sus angustias.  ¿Tan dañina resulta el agua cayendo hacia abajo en ex-España? ¿No habría forma de consensuar una de esas Leyes que nadie cumple, aunque al menos a su abrigo nos permiten el socorrido derecho al pataleo, para proteger a los parias desamparados llamados sin-paraguas? ¿Podría subvencionarse generosamente, en cumplimiento de la mencionada Ley, a todo aquél que no porte paraguas y multar ejemplarmente a quienes lo lleven sin cumplir unas mínimas reglas de convivencia? Si esto no es posible me malicio que no tendremos más remedio que invocar a San Isidro para que nos deje como estábamos: Secos pertinaces y sin paraguas. Amén.



                              Miguel MORENO GONZÁLEZ

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