jueves, 14 de enero de 2010

Frio en los corazones...

FRÍO EN LOS CORAZONES.....

La lluvia de la infancia me provoca goteras en el alma. La recuerdo en las tardes grises sonando mecánica y acompasadamente en los canalones de la calle mientras leía tebeos al volver de la escuela, con el pelo rizado todavía mojado y el pecho fatigado por la última carrera desde la escuela en San Antón hasta la casa de mi abuela en la carretera de Las Rozas, o en las noches de invierno en que dormía en la misma cama con mi hermano y hacíamos una cabaña con las mantas y las sábanas para refugiarnos en ella y dentro de aquel espacio, lleno de imaginaciones, nos contábamos historias de aventuras que sucedían en bosques inmensos cubiertos de desamparo? en tanto nuestra madre nos llamaba al orden. Aquella lluvia persistente y compañera de la infancia sigue asociada a mis lecturas de tebeos.


El frío y la nieve forman parte, en cambio, de una mitología de cadalseños y pájaros ateridos, de los gorriones y tordos que se lanzaban a muerte sobre la ballesta con una aceituna negra que les habían preparado mi hermano Nati y mi padre en la viña cercana del tío ?Sordillo?. La noche acallaba todos los sonidos cuando nevaba. Los perros no ladraban, no se oía ninguna voz en la calle y el silbido del cierzo parecía llegar desgarrando un silencio angustioso que sobrecogía mi ánimo y me hacía meditar en el olvido que cubre a los muertos. Mis muertos no son Dioses y por eso nunca vuelven, pensaba apenado. La pureza de aquella nieve tardaba mucho tiempo en ser mancillada hasta el punto que la conservamos todavía intacta dentro de nosotros. A la mañana, con niebla en las cabezas y sobre aquella luz blanca inmaculada, iban mis paisanos con sus caballerías al campo hundiendo sus extremidades en la nevada y su humildad balanceándose en un incierto futuro. Las ovejas y los corderos de Juanito no se movian, permanecían quietos y arracimados en la portalera del Hornabajo, esperando tristes un tiempo de sol y amor que su amo les decía les devolvería la alegría.

El deshielo de marzo, al final de un frío largo, era un hermoso espectáculo que se deslizaba por aquellas cornisas de la niñez que solo pertenecen a nuestra memoria. Por contra, no hay cosa más fea que la nieve cuando en el asfalto de la ciudad se convierte en un fango obscuro expuesta a la realidad diaria. La gente vamos al trabajo con nuestras pasiones a cuestas y las ruedas de los coches aplastan toda la luz de la nieve que sólo pertenece a los niños, aunque ellos la pisan transformada ya en barro cuando vuelven del colegio. A simple vista parece un acontecimiento cotidiano, pero esa negrura que se forma en el suelo de las calles al poco de nevar, es la metáfora de otra suciedad a la que hoy estamos sometidos y no parece que nos apetezca ducharnos.

Cuando aquí abajo los sentimientos se han convertido en un barrizal, la nieve huye despavorida a refugiarse en el corazón rilón de los árboles. Los ciudadanos estamos zarandeados por la propia vulgaridad, la violencia de los fanáticos y la agresividad de ciertos seres que nos hacen sentir miserables e irredentos. Pero en este momento, el sol de enero, en algún lugar reservado de mi pueblo, está transformando la nieve en una saeta brillante que se desprende desde las ramas de los pinos y va a estrellarse contra la hierba irisada. Durante la caída atraviesa gozosa nuestra memoria y el corazón pequeñito de los pájaros, que revolotean felices sobre nuestras cabezas plateadas según atardece en mi vida.


Miguel MORENO GONZÁLEZ




escritor galardonado

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